viernes, abril 06, 2012

1966. Banderas argentinas en Malvinas



El Operativo Cóndor es un hecho no muy recordado. Ha quedado un tanto traspapelado en la vorágine de acontecimientos de la segunda mitad de los años 60’. Por entonces, las acciones armadas se convertían gradualmente en moneda corriente, y el Operativo lo fue, aunque no llegó a utilizar las armas.
El 28 de septiembre de 1966 aterrizaron en Malvinas 18 jóvenes argentinos, en su mayoría identificados con el proscripto peronismo. Su objetivo era producir una fuerte afirmación de la soberanía argentina sobre las islas. La expedición fue hecha coincidir con la visita al país de Felipe de Edimburgo, príncipe consorte de Gran Bretaña, que participaba en la organización de un certamen hípico. Ese día se cumplían tres meses del golpe de estado que dio lugar a la autodenominada “Revolución Argentina.” Unos meses antes, con Arturo Illia todavía en la presidencia, la Asamblea General de las Naciones Unidas había sancionado la resolución 2065, que invitaba a las partes a tratar la disputa sobre soberanía de las islas. Con anterioridad, en 1964, un piloto llamado Miguel Fitzgerald fue el primero en abordar Malvinas, por unos pocos minutos, llevando una bandera nacional y una proclama.
Los participantes del operativo arribaron a Puerto Stanley en un avión de Aerolíneas Argentinas cuya ruta iba de Buenos Aires a Río Gallegos, tras secuestrarlo y obligar al comandante de la nave a poner rumbo a las Islas. El jefe de la expedición era Dardo Cabo, el subjefe, Alejandro Giovenco, y la tercera al mando María Cristina Verrier, única mujer que tomó parte de la expedición. Cabo tenía 25 años, era hijo de un dirigente metalúrgico, y había militado en agrupaciones peronistas y nacionalistas de la época.
Colocaron siete banderas argentinas en suelo malvinero, y fueron cercados rápidamente por un centenar de hombres armados, entre infantes británicos, miembros de una fuerza de defensa de las islas y civiles. Los intimaron a rendirse, bajo amenaza de abrir fuego, encontrándose con una cerrada negativa. El propósito inicial de los “cóndores”, como se autodenominaban, era ocupar la casa del gobernador de las islas y el arsenal que allí se encontraba, pero quedaron prácticamente encerrados en el avión. Allí celebraron una misa oficiada por el sacerdote católico de Malvinas y cantaron el Himno Nacional.
El grupo mantenía cierta esperanza en que el gobierno argentino respaldara el operativo e interviniera de inmediato para reconquistar las islas. Por el contrario, la dictadura no dudó en emitir una posición condenatoria sobre lo que calificó como un procedimiento “faccioso”, ajeno a las tradiciones nacionales en materia de relaciones exteriores. A partir de allí trataría toda la operación como un hecho delictivo.
La acción fue ampliamente cubierta por los medios de comunicación argentinos, mientras se producían manifestaciones de solidaridad en varios puntos del país. Hubo quien habló de “una opinión pública hechizada por la aventura”.
La situación se prolongó durante treinta y seis horas, al cabo de las cuáles los “cóndores” encontraron el modo de deponer su actitud sin rendirse a los británicos. Le dieron las armas al comandante del avión, y se acogieron a la protección de la capilla católica de Puerto Stanley, para luego entregarse detenidos a las autoridades argentinas, que los recogieron el 1º de octubre, en un barco de la marina al que los trasladó una lancha carbonera.
No estaba previsto aún el secuestro de aviones como delito, a cambio recibieron variadas acusaciones, entre las que destacaban la de privación ilegítima de la libertad y tenencia de armas de guerra. La mayoría de ellos pasaron nueve meses en la cárcel; a Cabo y Giovenco, que tenían antecedentes relacionados con actos de la resistencia peronista, los condenaron a tres años de prisión.
Los dos jefes del operativo encontraron la muerte en los años 70, enrolados en sectores antagónicos, en un reflejo de los desgarramientos de la época.
Giovenco muere en 1974, a causa de la explosión de una bomba que llevaba en su maletín. Formaba parte de la ultraderecha a través de Concentración Nacional Universitaria (CNU), y tenía vínculos con la Unión Obrera Metalúrgica.
Cabo, que había dirigido El Descamisado, órgano de la tendencia revolucionaria del peronismo, y estaba preso desde 1975, fue asesinado durante un supuesto traslado del penal de La Plata a Sierra Chica, en enero de 1977.
Ciertas miradas podrían visualizar aquella incursión en Malvinas como un precedente de la ocupación militar de 1982. Nada más erróneo que emparentar un emprendimiento de fondo desinteresado e idealista con la prepotencia de una dictadura tratando de escapar de la bancarrota política y económica. El Operativo Cóndor fue llevado adelante por un grupo de jóvenes militantes, imbuidos de una cultura de resistencia a la autoridad, enfrentada a los organismos represivos. Estaban armados y hasta dispuestos a morir en su intento, pero no dispararon un solo tiro a lo largo de su permanencia en las islas, limitándose a la reivindicación simbólica de la soberanía argentina. Inspirada en una ideología antiimperialista en trance de radicalización, la acción se enraizaba en la resistencia peronista y se entronca con las luchas populares de los últimos 60 y primeros 70.

Daniel Campione

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