jueves, junio 22, 2017

Operación Barbarroja: La invasión nazi a la URSS



El 22 de junio de 1941 el relámpago nazi golpeó con todas sus fuerzas las puertas de la burocratizada tierra de los soviets. ¿Qué salvó a la Unión Soviética y al mundo de un triunfo fascista?

El imperialismo, un titánico matadero industrial

No fue el "mal", ni un hombre maléfico, ni las buenas intenciones de unas naciones "democráticas" y libertadoras contra otras fascistas y opresoras. Fue la propia naturaleza de las potencias imperiales, y sus capitalistas, que llevó al mundo a su más extraordinaria carnicería en pos de una distribución de los negocios y mercados mundiales, la lucha anárquica por asegurarse mayores ganancias, la que empujó a las grandes potencias a saldar un reparto inconcluso tras la primer gran guerra. Y así como en la anterior, fueron sus ideólogos los que le aseguraron a los trabajadores del mundo que sería la última: la guerra que acabaría con las guerras "sólo" exigía al obrero su sangre para defender los "intereses de su nación", enfrentándolo en la arena de batalla con su par extranjero. Pero lejos de ser una contienda (sólo) entre naciones, la Segunda Guerra Mundial fue una verdadera guerra de clases, y a la hora de aplastar a las grandes huelgas, levantamientos y resistencias obreras, ni los fascistas, ni los "democráticos" ni los estalinistas ahorraron plomo y esfuerzos. Pero eso quedará para una futura nota. Veamos que pasaba en la URSS.

La URSS maniatada desde adentro

Corría el año 1941. El cambio de década amaneció ensangrentado. Las cruentas purgas de Stalin y la burocracia gobernante de la URSS se llevaron a los viejos dirigentes de la revolución de octubre de 1917 (incluyendo asesinatos fuera de la URSS como al mismo Trotsky en México un año antes), a los jóvenes, los mejores hijos de la revolución, críticos y opositores de todos los niveles. También a los generales y veteranos del Ejército Rojo de Lenin y Trotsky. De esta forma el estalinismo intenta cortar los hilos de continuidad de la tradición revolucionaria en su afán de reducir las enormes tensiones y riesgo a una revuelta social dentro de la URSS capaz de voltear a su casta de burócratas y reinstaurar la democracia obrera. La ejecución de Tujachevsky, cerebro del ejército es acompañada por las cabezas del 90% de los altos mandos, curtidos durante la dura guerra civil y las contiendas contra 14 ejércitos invasores, sustituidos por arribistas e incompetentes, serviles al aparato burocrático.
Ya en 1939 quedó demostrada la terrible incapacidad militar del Ejército Rojo en la llamada Guerra de Invierno, en donde la URSS invade Finlandia logrando finalmente algunos objetivos pero con un saldo de alrededor de 48.000 bajas en una operación desastrosa, y perdiendo el apoyo del pueblo finés por su política burocrática y despótica.

Hitler y la apertura del Frente Oriental

Con posterioridad Hitler declararía: "cuando comencé la Operación Barbarroja, abrí la puerta de un cuarto oscuro, sin visibilididad". Los nazis, como los británicos o los norteamericanos calculaban que le llevaría a la poderosa Wehrmatch (las FFAA de la Alemania nazi) entre 3 y 8 semanas doblegar y conquistar la URSS. Esta subestimación del enemigo se debe en parte a la falta de información precisa del Estado Mayor nazi acerca de la capacidad de rearme soviética así como una profunda ignorancia sobre la moral de un pueblo que, aunque degradada y corroída por su burocratización, consideraba a la URSS como SU república y se negaba a ser una colonia alemana.
La Operación Barbarroja sufrió algunos contratiempos. La avanzada de la Luftwaffe (fuerza área alemana) sobre las islas británicas no logró derrotar al Reino Unido, y además, con una lógica aventurerista, Mussolinni, el "duce" de la Italia fascista aliado de Alemania, arriesgó posiciones en el norte de África y Grecia que obligaron a Hitler a intervenir y destinar fuerzas en estos frentes.
Hitler temía la posibilidad de combatir en un frente oriental y otro occidental simultáneos, y para evitar esto en parte necesitaba un tratado de paz con los ingleses. Además era plenamente consciente del inconmensurable potencial industrial y militar norteamericano (que se armaba y preparaba para entrar en combate), y sin la conquista de Rusia y sus recursos no sería lo suficientemente fuerte como para poder vencer al poder del "nuevo mundo". El destino del mundo se jugaba en territorio soviético.
El 22 de junio de 1941 tres grupos de ejércitos alemanes (norte hacia Leningrado, centro hacia Moscú y sur hacia Stalingrado) iniciaron su blietzkrieg (guerra relámpago, consistente básicamente en el avance veloz sobre el territorio y las tropas enemigas encabezada por el cuerpo de blindados) sobre la URSS. El tridente nazi avanzaba con decisión.

La guerra relámpago y "el Jefe" cabeza de avestruz

La invasión tomó por sorpresa a Stalin. El brillante espía soviético en Japón Richard Sorge ya había advertido al "Jefe" sobre la inminencia del ataque. Detrás de las líneas enemigas, el director de la Orquesta Roja (red de espionaje soviética) en territorio nazi, Leopold Trepper también había anticipado el ataque. El burócrata georgiano se negó a creer en esta información y confió en que Hitler no rompería aún el pacto de no-agresión entre la URSS y Alemania. Intentó evitar con todo tipo de maniobras políticas/diplomáticas involucrarse en la guerra, incluso maniatando a las secciones del partido comunista de distintas naciones, cuando no traicionando abiertamente procesos revolucionarios como el de España. Su meta: lograr el visto bueno de las potencias y evitar involucrarse en el conflicto. Su temor: que la guerra produjera un levantamiento de masas que arriesgara su posición como casta gobernante; incluso una revolución triunfante en otro país podría desencadenar el malestar insoportable y provocar el estallido.
Hitler olió su miedo y la desmoralización del Ejército Rojo decapitado y arremetió. Las tropas germanas avanzaron despedazando a los rojos que se retiraban desordenadamente. Durante diez días Stalin desapareció. Luego lanzó un mensaje radiofónico instando a la población a realizar la "brillante" táctica de "tierra arrasada" (que consiste en quemar y destruir todo, emigrar para no dejarle nada a los invasores), y mudar parte de la industria pesada a los Urales.
Así, con miles de bajas, tanques destruidos, casi medio millón de prisioneros, la fuerza aérea diezmada (el grueso de los aviones soviéticos fueron destruidos en tierra), los alemanes dieron por derrotado al Ejército Rojo a casi un mes de iniciado el ataque. Pero el "cuarto oscuro" al que entró el führer depararía muchas sorpresas.

La tenaz y heroica resistencia obrera: ¡No Pasarán!

No fue la vastedad del territorio soviético, ni la cruenta helada lo que derrotó a los nazis en la URSS, si bien fueron factores que operaron en su contra. El esfuerzo colectivo del pueblo soviético, ya sea en batalla donde murieron más de 3.000.000 de combatientes (de los 20.000.000 que cayeron a lo largo de la Segunda Guerra), o en las fábricas que produjeron el "milagro" de reconstruir los aviones, blindados y municiones dejando literalmente la vida en las líneas de producción en muchos casos, fue el factor decisivo.
A la disciplinada y experimentada Wehrmatch y sus generales se le plantó un pueblo decidido a detenerlos hasta las últimas consecuencias. Se formaron milicias obreras en las ciudades donde los escombros de los bombardeos oficiaban de fortalezas peleando metro a metro con escaso armamento pero con una moral inquebrantable. En los bosques y zonas difíciles las guerrillas de partisanos atormentaban permanentemente a los regimientos alemanes. La ciudad de Leningrado por ejemplo sufrió un sitio de casi tres años, muriendo más de 1.000.000 de habitantes de hambre y frío.
Los llamados aliados, apostando al desgaste mutuo entre Alemania y la URSS aportaron una modesta ayuda de provisiones y en menor medida equipos y municiones jugándose a dilatar lo más posible los enfrentamientos y maximizar las pérdidas de ambos bandos.
La resistencia en ciudades como Sebastopol y Rostov, empezaron a mostrar que no está vencido quien pelea, para pasar luego a las victorias en Moscú y Stalingrado. Después de esta última la iniciativa pasaría al bando soviético hasta la batalla de Kursk, donde tras su derrota, a las tropas del führer sólo les queda retroceder desgastando al Ejército Rojo en un interminable camino hacia Berlín.
El final es algo conocido. Las tropas soviéticas llegan a Berlín antes que los Aliados, y ante la inminente caída Hitler se suicida. La Gran guerra llega a su fin, no sin nuevas matanzas, como la de Dresde en el avance aliado hacia la capital alemana, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, o la "pacificación" en Grecia e Italia de los obreros sublevados, pero eso también quedará para un nuevo artículo.

Matías Gali

Maquiavelo: la pasión realista



El 21 de junio de 1527 moría Nicolás Maquiavelo, protagonista de una vida intensa, dura y apasionante, autor de destacadas obras que lo transformaron en el padre de la teoría política moderna.

Nacido en 1469 en el seno de una familia empobrecida pero con tradición en Florencia, Nicolás Maquiavelo se transformó en secretario de la república florentina el 15 de junio de 1498.
La república contaba con el liderazgo de Pedro Soderini, quien ocupaba el cargo de “confaloniero vitalicio”. Este cargo había sido instituido por presión de los nobles florentinos (“optimates”), no obstante lo cual realizarían una sorda resistencia contra Soderini hasta su caída. Maquiavelo ocuparía la Segunda Cancillería, que tenía como funciones las cuestiones internas y los asuntos militares. Desde ese lugar, realizó una serie de experiencias que le permitieron reflexionar sobre los problemas del poder, la política y la guerra.
En sus misiones pudo observar de cerca el accionar de personajes como Luis XII de Francia, César Borgia (el duque Valentino) y su padre el papa Alejandro VI y el posterior papa León X. Italia estaba dividida en ciudades-Estado, en las que tenían peso el ducado de Milán, la república florentina, los venecianos y el Papa, todos ellos, en especial los primeros tres, a merced de potencias mayores, cuyo accionar, más allá de las cuestiones inmediatas, para Maquiavelo implicaba de fondo la esclavitud de Italia.
Durante estos años, entre innumerables documentos relativos a sus misiones, Maquiavelo redactó en 1506 el texto Fantasías a Soderino, que anticipaba algunas reflexiones volcadas posteriormente en El Príncipe. Allí señalaba la importancia de que el accionar político se adapte a la realidad de los tiempos y a su vez la posibilidad, mediante este realismo político, de dominar las circunstancias, de forma tal que “el sabio mandará sobre los astros”.
Junto con las labores tendientes a sostener las alianzas de la república florentina, Maquiavelo dedicó gran esfuerzo al impulso de la Ordenanza para crear las milicias florentinas, participando activamente de su organización. Estas milicias jugaron un rol clave en el asedio de Pisa.
Los grandes cambios en la realidad italiana, marcados por la creciente intervención de España y Francia en la península, trajeron aparejada la caída de la república florentina y la restauración del poder de los Médici (casa tradicional que había gobernado antes de la república) a fines de agosto de 1512. Malas noticias para Maquiavelo, quien en noviembre de ese año fue expulsado de su cargo y acusado de una conspiración contra el poder restaurado, encarcelado y torturado, hasta que en marzo de 1513 salió de la cárcel y fue confinado en una aldea de la campiña florentina, volviendo luego a Florencia.
A partir de estos hechos, Maquiavelo vivió un exilio en su propia tierra en el que su vida quedó marcada por la pobreza y el contacto con la gente de pueblo y la esperanza de que los Médici quisieran alguna vez valerse de sus servicios. En estas nuevas condiciones de vida, retratadas en las cartas a su amigo Francesco Vettori, escribiría en 1513 su conocida obra El Príncipe, publicada en forma póstuma.
Como señala Corrado Vivanti en Maquiavelo. Los tiempos de la política, publicado por la editorial Paidós en 2013, Maquiavelo es posiblemente el autor que más se ha hecho famoso en un sentido contrario al de sus propias doctrinas, como una justificación del autoritarismo, la razón de Estado y la doble moral de las clases dominantes.
El pensamiento de Maquiavelo es un producto de su época, marcada por la expansión colonial de Europa sobre América, el enorme impacto que ésta tuvo en los modos de representarse la realidad por parte de los europeos, y el clima cultural creado por el humanismo y el Renacimiento. En estas condiciones es que surge la tentativa de Maquiavelo de reflexionar de modo realista sobre los asuntos políticos.
Esta tentativa encontraría dos férreos opositores: la Iglesia Católica, que obviamente era refractaria a toda desacralización de las ideas relativas al poder e incluiría El Príncipe en el índex de libros prohibidos; y las clases dominantes, que no tenían interés en que se divulgara y sometiera a escrutinio público los modos y razones de su accionar, cuyo ocultamiento al pueblo consideraban un derecho adquirido. El "antimaquiavelismo" no tenía (no tiene) nada de inocente.
Lejos del "cuco" creado por los "antimaquiavélicos", las ideas de El Príncipe son indispensables para cualquier reflexión sobre la acción política: un estado debe basarse en buenas leyes y en buenas armas (propias y no mercenarias), un príncipe debe buscar apoyarse en el pueblo, ya que el deseo del pueblo es no ser oprimido, mientras que el de los nobles es sostener determinados privilegios; el príncipe debe utilizar las leyes y la fuerza conforme la figura del Centauro Quirón, mitad bestia y mitad hombre, educador de los héroes antiguos; en los asuntos políticos la “fortuna” –circunstancias independientes de la agencia humana– condiciona el curso de las cosas en la misma medida que la “virtud” –acción volitiva consciente y orientada audazmente hacia un fin–; a todo esto Maquiavelo agregaba que era necesario un líder que comprendiera estos problemas para "liberar a Italia de los bárbaros".
Durante estos años de exilio interno, Maquiavelo seguiría reflexionando sobre los problemas del poder, la política y la guerra. A esto le aportaría a partir de 1516, un espacio ideal la casa de los Rucellai, en la que se daban los encuentros con un grupo de jóvenes en los célebres jardines florentinos conocidos como Orti Oricellari.
En esta etapa compone los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y Del Arte de la Guerra. En la primera obra, destacaba la preferencia por la institución de la república (aunque siempre con criterios de realismo político y no por establecer un arquetipo) y en la segunda expondría las ideas puestas en práctica en la creación de la milicia florentina al tiempo que repasaba las razones de la ruina de Italia por el accionar de los príncipes. Durante esos años se emplearía también en algunas “misiones” de poca relevancia, relativas a acuerdos comerciales fallidos y otras situaciones menores.
Fue recién en 1519 que los Médici rehabilitaron su participación en la esfera pública florentina. El cardenal Julio de Médici le encargó un consejo para la reforma del estado florentino, que Maquiavelo escribió sin ahorrar críticas a la casa gobernante, por lo cual no sería bien recibido y posteriormente la redacción de la Historia de Florencia. Esta tarea, aunque no muy bien remunerada, le permitía a Maquiavelo volver al ruedo y asimismo jugar un rol que anteriormente se reservaba a los cancilleres florentinos, como era escribir la historia de la Ciudad. Julio de Médici se transformaría luego en el papa Clemente VII.
En las Historias florentinas Maquiavelo se propuso exponer y no ocultar las luchas y divisiones que caracterizaron la historia de la Ciudad. Al día de hoy persisten los debates sobre las simpatías de Maquiavelo hacia la rebelión de los Ciompi (trabajadores cardadores de lana) que tuvo lugar en 1378 y ocupa un lugar destacado en su exposición, dedicando un largo párrafo en el que un Ciompo expone los motivos de la rebelión. En cualquier caso, está claro que Maquiavelo estaba interesado en dejar claras las razones de los insurrectos, a tono con el objetivo que se daba al inicio de su narración histórica.
Realizaría también algunas misiones para Clemente VII, aunque profundamente descontento de la disgregación de Italia. Fue autor de obras teatrales como La Mandrágora y Clizia. Murió el 21 de junio de 1527 a los pocos días de la caída de los Médici y la restauración de la república florentina.
Su obra marcó para siempre el pensamiento político de Occidente, en sus más variadas tendencias. Entre los autores marxistas, le dedicaron especial atención Antonio Gramsci y Louis Althusser.
Como le sucede a todo pensador adelantado a su tiempo, la realidad no le escatimó amarguras.
El propio Maquiavelo fue extremadamente consciente de este tributo que su “virtud” le pagaba a la “fortuna”, creando sus propios interlocutores más allá de las miserias del presente, como dijera en una carta a Francesco Vettori:
"Al caer la noche, me vuelvo a casa y entro en mi despacho; y en la puerta me despojo de mi vestido cotidiano, lleno de barro y lodo y me pongo vestiduras reales y curiales; y revestido con la debida decencia entro en las cortes antiguas de los antiguos hombres [...] donde no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarles la razón de sus actuaciones [...] y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, olvido toda angustia, no temo a la pobreza, no me desconcierta la muerte, todo mi ser se transfunde en ellos".

Juan Dal Maso
juandalmaso@gmail.com

La Guerra Civil como reto didáctico

El surgimiento del movimiento de la memoria en España ha servido para desmitificar el papel de los historiadores profesionales como los únicos autorizados para hablar sobre el pasado

Si en España hubiera un Museo de la Guerra Civil y del franquismo, ¿qué relato contaría? Como sabemos, no hay narración que no tenga principio y final. Pero, ¿dónde arrancaría esta historia, y dónde terminaría? ¿Quiénes serían los protagonistas y qué papel se les asignaría? Es fácil imaginarse los enconados debates que se desatarían en torno al tema. Como señaló hace poco Antonio Muñoz Molina a propósito del Valle de los Caídos, los españoles siguen “sin alcanzar la clase de acuerdo básico de conmemoración y convivencia” que sería necesario para, por ejemplo, convertir el Valle en un monumento a la memoria de los presos, de la resistencia y de las víctimas de la dictadura y “albergar en ese espacio el gran archivo y el relato histórico preciso de todos esos años”. Irónicamente, las contribuciones polémicas sobre memoria e historia del propio novelista -incluida su afirmación de que el renovado interés ciudadano por la República y la Guerra Civil ha sido una “gratuita fantasmagoría”- no han servido, precisamente, para fomentar ese acuerdo básico.
¿Es posible imaginarse un Museo de la Guerra Civil? Tal vez el mayor desafío no sería precisamente historiográfico, sino didáctico. ¿Cómo contar medio siglo de historia a una visitante joven de forma que comprenda ese pasado en toda su complejidad al mismo tiempo que el relato museológico pueda informar su comprensión del presente? Fue un reto de esa misma índole el que se propuso Arturo Pérez Reverte en La Guerra Civil contada a los jóvenes (Alfaguara, 2015), y que han retomado, año y medio más tarde, Carlos Fernández Liria y Silvia Casado Arenas en un libro que adopta el mismo formato que el del novelista: ¿Qué fue la Guerra Civil? Nuestra historia explicada a los jóvenes (Akal, 2017). Los límites autoimpuestos en los dos proyectos son importantes: pretenden contar más de medio siglo de historia española en una treintena de capítulos breves, escritos en un lenguaje claro y sencillo e ilustrados con imágenes de cómic (de Fernando Vicente en el primer libro y David Ouro en el segundo).
El libro de Pérez Reverte se presentó como respuesta a una doble ausencia. Primero, un déficit de conocimiento sobre la historia del siglo XX entre la juventud española (un “agujero de enormes proporciones”, como afirma Fernando Hernández Sánchez). Segundo, una falta de material apropiado, de fácil acceso, que pudiera remediar ese déficit. El libro de Liria y Casado es, a su vez, una respuesta a ciertas lagunas en el de Pérez Reverte, que, en su opinión, deja cosas importantes fuera. “Si bien es cierto que no faltaba a la verdad”, afirmaron en una entrevista, “guardaba demasiados silencios, y sobre todo presentaba la Guerra Civil como una suerte de fenómeno fatal que cada cierto tiempo se da entre los españoles, sin atender a las causas políticas, sociales y económicas, de manera que el hecho histórico de la guerra queda completamente despolitizado”.
La enorme semejanza a nivel de presentación, formato y diseño de los dos libros -hasta en los colores de la portada- hace que resalten sus diferencias. Las dos mayores afectan al encuadre narrativo y al tono empleado. Pérez Reverte subraya desde el comienzo la dimensión dramática de una “guerra entre hermanos” (“Todas las guerras son malas, pero la guerra civil es la peor de todas”). Es una premisa narrativa que lleva implícita la promesa del único final feliz posible: la reconciliación familiar. Es un final que, según el novelista, se consiguió de forma limpia y relativamente sencilla mediante una Transición magistralmente orquestada por el Rey, (“A la muerte del dictador, España se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del rey Juan Carlos”, escribe; fue él quien “volvió a legalizar los partidos políticos” y “procuró la reconciliación nacional”.) No es casual que el libro de Pérez Reverte termine en 1978.
Liria y Casado, en cambio, señalan como motor principal de los acontecimientos la tensión entre los sectores que buscan modernizar España, luchando por la democracia, la igualdad y la justicia social, y otros sectores que ven sus intereses amenazados por esas aspiraciones y están dispuestos a cortarlas de raíz por todos los medios posibles. Para Liria y Casado, además, esta lucha por la democracia y la justicia continuó durante una Transición nada perfecta y todavía no amaina. Si Pérez Reverte ubica su final feliz en 1978, para Liria y Casado aún está por llegar. Después de sendos capítulos sobre el golpe de Tejero, el “régimen del 78” y la Ley de Memoria Histórica, su cronología termina con la crisis del bipartidismo, el 15M y la entrada al Parlamento de Podemos y Ciudadanos.
El tono que emplean los dos libros también es marcadamente distinto. Pérez Reverte nos habla desde una posición cómodamente centrista, que asume como dado un sentido común tardoliberal que rechaza toda forma (visible) de violencia política y cree en el orden como un bien de por sí. Aunque señala que en los años treinta había “mucha pobreza, incultura y desigualdades sociales” describe la manifestación social de la insatisfacción “con aquel estado de cosas” de “buena parte de los españoles” como “disturbios y algaradas” que llegan a trastornar “el orden público”. De modo similar, divide las actitudes políticas adoptadas entre “moderadas” y “extremistas” e identifica, entre éstas, al fascismo y al comunismo. (“Eran tiempos exaltados, y a quienes pedían sensatez, diálogo y entendimiento mutuo para salvar la democracia no se les escuchaba demasiado”.) Liria y Casado, en cambio, se mantienen lejos de cualquier insinuación de equidistancia. “No es, ni mucho menos, lo mismo defender un golpe de Estado que una insurrección revolucionaria”, escriben, rechazando la “simetría” abrazada por el revisionismo de derechas, que pretende situar el comienzo de la guerra en 1934. Por un lado, los “partidarios del golpe de Estado, los que lo apoyaron y lo financiaron, eran las élites más ricas del país, dispuestas a aliarse con Mussolini y con Hitler”. Por otro, los “protagonistas de los intentos revolucionarios eran las clases populares, inmersas por aquel entonces en una pobreza terrible, obreros y campesinos que luchaban por un poco de justicia social”. “Algunos dirán”, agregan, “que tenían el apoyo de dictadores como Stalin. Esto no es verdad, pues el Partido Comunista Español no era partidario de la revolución …”.
Dadas sus limitaciones autoimpuestas, sería demasiado fácil criticar estos dos libros por lo que dejan fuera o rechazar sus resúmenes por simplificadores o esquemáticos. La claridad y la concisión son virtudes de por sí, muy necesarias para alcanzar e interesar a un público joven y general. El libro de Liria y Casado es un poco más largo, pero mucho más sustancial en su información sobre la ideología del franquismo, sobre el exilio republicano, el papel de la Iglesia y las largas secuelas sociales de la dictadura, como el “no te signifiques” como factor de desmovilización ciudadana, o la persistencia actual de actitudes machistas y homófobas. (Curiosamente, ninguno de los dos libros menciona la Guerra Fría como factor en la consolidación del régimen franquista.)
Aun así, cabe preguntarse si la decisión de Liria y Casado de adoptar el mismo formato que Pérez Reverte no ha supuesto una concesión innecesaria: una oportunidad perdida para repensar este proyecto -valiente y necesario- de forma más fundamental. Cuando salió el libro de Pérez Reverte señalé que el novelista fracasaba como pedagogo porque había adoptado un tono de maestro omnisciente que no explica cómo ha llegado a saber lo que cree saber: “Presenta hechos, no enseña a pensar. Invita a la aceptación pasiva del relato presentado, no a su cuestionamiento, ni mucho menos a un proceso de reflexión crítica que dé sentido a ese pasado. Todo lo contrario: da la impresión de que la historia es una serie de actos y eventos claramente definidos, y congelados en ilustraciones de cómic, que piden que los evaluemos moralmente desde un presente superior, con el fin de sacar lecciones fáciles -y por tanto inútiles- de convivencia democrática y sentido común”.
Me temo que algo de esto también hay en el libro-respuesta de Liria y Casado. Es verdad que, en su prólogo, hacen referencia a “numerosos estudios [que] han trabajado para devolver la dignidad a todas las personas que lucharon por la democracia en España, durante la guerra y durante la dictadura”; también subrayan la necesidad de estudiar el pasado y “hacer el esfuerzo de pensar y decidir qué es lo que realmente ocurrió”. Pero en realidad no llegan a ilustrar en ningún momento cómo es este proceso de búsqueda de verdad. Así como Pérez Reverte, acaban presentando los “hechos” y su significado con el aplomo de un viejo catedrático -un catedrático de izquierdas, eso sí; pero no por ello menos categórico-. Una excepción (relativa) son los dos capítulos dedicados a la “versión revisionista” de la guerra, donde admiten que “todo es discutible”. Pero incluso allí la disputa se presenta en términos de verdad y mentira. En este sentido, también el uso de dibujos al estilo de una novela gráfica realista, por bien ejecutados que estén, sirve para incrementar la distancia entre los lectores y los acontecimientos narrados. ¿No habría sido más interesante reducir el nivel de mediación e incluir alguna que otra fuente documental para ilustrar el trecho historiográfico entre archivo e interpretación, entre las huellas del pasado y el relato que de él construimos en el presente? (En mi propio trabajo con alumnos de secundaria y estudiantes de universidad, he notado que hay poco que le entusiasme más a esta generación, cuyo mundo es digital y virtual, que el contacto directo con las fuentes.)
Que Liria y Casado hayan adoptado la misma postura profesoral que Pérez Reverte es una lástima. Porque uno de los aspectos más interesantes del surgimiento del movimiento de la memoria en España ha sido que ha servido para modificar -y desmitificar- el papel de los historiadores profesionales como los únicos autorizados para hablar sobre el pasado. También ha servido para forjar nuevas alianzas entre expertos y movimientos ciudadanos, y para revalidar el testimonio como fuente histórica. Así, ha acabado por reivindicar una mayor participación de la ciudadanía en lo que Ricard Vinyes llama la construcción de la imagen pública del pasado. Que este proceso de construcción de la imagen del pasado nunca termina, que es necesariamente controvertido y que es un proceso democrático en que hay un papel para la sociedad civil, es algo que quizás habría convenido dejar más claro precisamente en un libro pensado para un público joven. No porque todos los jóvenes lectores tengan que convertirse en filósofos de la historia, sino para recordarles que no hace falta ser filósofos o historiadores para estudiar el pasado como forma de comprender el presente y -sobre todo- de cambiarlo.

Sebastiaan Faber
CTXT

miércoles, junio 21, 2017

Deuda perpetua



Raya casi en el ridículo que el gobierno se jacte de haber contraído una deuda en el mercado internacional por un plazo de cien años, cuando a fuerza de refinanciaciones de intereses e incluso de capital Argentina ha visto crecer en espiral una deuda externa durante cincuenta años, que no tiene posibilidad de ser cancelada ni en cien o doscientos años. Lo que para un columnista de Clarín (20.6) sería nada menos que “un hecho histórico”, no es más que otra vuelta de tuerca en el sometimiento financiero a las grandes corporaciones, incluida la burguesía nacional.
La deuda centenaria, por cerca de u$s3 mil millones, representa monedas para una deuda pública de alrededor de u$s350 mil millones –que incluye la que tiene el Banco Central, de u$s60 mil millones (75% del PBI), pero pone de manifiesto una estrategia, que no es precisamente soberana. Ocurre que a lo largo de 2016, los Fondos de Pensión y las Compañías de Seguro internacionales enfrentaron una crisis severa con motivo de la caída de las tasas de interés de referencia, que afectaban muchísimo el rendimiento de las inversiones que realizaban con los aportes de sus suscriptores. En determinado momento, esas tasas llegaron a ser negativas. En tales circunstancias, esas entidades perdían dinero al tener que remunerar a los pensionistas o asegurados por importes superiores a los de sus inversiones. El derrumbe de las tasas de interés llegó a afectar al sistema bancario, cuando sus compromisos con los depositantes implicaban erogaciones superiores a sus inversiones en títulos de deuda pública. Es así que los principales bancos centrales empezaron a diseñar políticas para aumentar las tasas de interés y volverlas, con el tiempo, a lo que llaman la tasa “natural”.
El bono del macrista Caputo está diseñado especialmente para esas instituciones financieras, porque aseguran, nada menos que por cien años, una tasa de interés del 8%, que hoy representa mucho más que esa tasa ‘natural’. La colocación, de alrededor de u$s2700 millones (fue vendida por debajo de su precio nominal, lo cual aumenta los beneficios de los inversores), representa monedas, por supuesto, pero señala una orientación enteramente determinada para beneficiar al capital internacional y para condicionar la economía argentina a los compromisos de la deuda.
La euforia fingida del gobierno apenas disimula una crisis terminal de la política de endeudamiento seguida hasta el momento. Esto se ve en el reconocimiento de que el Banco Central no puede seguir incrementando su deuda en Lebacs, que ha superado el billón de pesos, o su equivalente en u$S60 millones, a tasas de interés del 25% con un tipo de cambio casi fijo. Cada vez que el Banco Central (BCRA) intentó reducir la tasa de interés se insinuó una corrida al dólar. Para desmontar esta bomba neutrónica pretende ahora que el Estado asuma esa deuda en forma progresiva, mediante Letras del Tesoro (en pesos o dólares), con tasas de valor paralelo a las que paga el Banco Central. Esto significará, a término, el reconocimiento de una deuda gigantesca por parte del sector público y los contribuyentes. Dadas las sumas en juego y la volatilidad financiera – y en especial los tarifazos previstos hasta 2021 -, lo más probable es que esta ‘rotación’ de una deuda a la otra concluya en un fracaso.
La contratación de la deuda a cien años es un reconocimiento de la perpetuidad de la descomunal deuda de Argentina tomada en su conjunto.

Jorge Altamira

Cristina y el kirchnerismo: del populismo a “la gente”



La expresidenta presentó su coalición electoral en la cancha de Arsenal. El populismo en los tiempos de Macri. Nueva narrativa y viejas estructuras.

Cristina Fernández presentó la coalición Unidad Ciudadana que competirá en las elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires.
El montaje milimétricamente guionado del evento que se realizó en el estadio “Julio Humberto Grondona” del club Arsenal de Sarandí, tuvo todos los condimentos estéticos de un modelo duranbarbista con rostro humano, a tono con el clima “pospolítico” de la era Cambiemos.
Ni en el merchandising del estadio ni en el corto discurso de la expresidenta hubo referencias partidarias, ni símbolo alguno de la liturgia tradicional que siempre adornó los actos kirchneristas o peronistas. Tampoco confirmó (ni negó) su eventual candidatura.
Los cincuenta intendentes peronistas (y pejotistas) que conforman la columna vertebral de la alianza electoral, fueron cuidadosamente ocultados en el acto de formato ciudadano. Tampoco hubo referencias al PJ (incluso despotricó contra los partidos), ni a la dirigencia sindical.
Intendentes, legisladores peronistas y burocracia sindical fueron pilares de la gobernabilidad de Mauricio Macri y de María Eugenia Vidal en este año y medio de administración cambiemista. Una gran parte de los jerarcas sindicales rompieron con el kirchnerismo (como expresión distorsionada del enfrentamiento con el movimiento obrero convencionado) y orbitan entre Florencio Randazzo y Sergio Massa. A los otros, fue mejor camuflarlos entre “la gente”.
Cristina ensayó un novedoso relato donde el viejo y difuso populismo cambió por el más liberal y republicano ciudadanismo de buenos modales; la juventud militante y maravillosa de ayer (incluso con aire “setentista”), mutó hacia el elector aislado en la desierta polis pampeana y los unidos y organizados se convirtieron en la amorfa y disgregada sociedad. No hubo malditas corporaciones, ni rabiosa prensa hegemónica, Clarín ya no miente más y la agitada resistencia se transformó en domesticada integración.
Ni siquiera los tradicionales organismos y referentes de los DD.HH. que formaron parte de la narrativa tradicional del kirchnerismo, tuvieron protagonismo en la misa de Avellaneda.
Hacia el final del acto, Cristina hizo subir al escenario a personas que representaban a los sectores damnificados por el plan de Macri y Cambiemos. La presentación contuvo una falacia: parecía que los males y agravios de esos sectores empezaron en 2015, cuando la realidad es que su situación actual es producto de la profundización del deterioro que venían sufriendo en un país con cerca de 30 % de pobres, 34 % de trabajadores “en negro” y más de la mitad que se desempeña en la más plena precariedad laboral. Toda pospolítica merece su “posverdad”.
El discurso de Cristina estuvo plagado de denuncias pero fue escaso en propuestas programáticas. Denunció el endeudamiento salvaje, el latigazo tarifario, los recortes en planes sociales o la crisis económica que apuntala la recesión; pero no opuso lineamientos programáticos (ni si quiera alguno de los contenidos en la extensa plataforma que circuló días pasados y que quedará para consumo del núcleo duro).
No hubo referencias a ninguna organización colectiva (lo más parecido fue un organizador de una sociedad de fomento) y mucho menos a la movilización o a la acción callejera, para detener el ajuste de Macri. No mencionó la escandalosa tregua de la dirigencia sindical.
El objetivo quedó promulgado con claridad: “Hay que poner un límite, poner un freno”, aseguró Cristina y redujo esa tarea a las próximas elecciones.
Contuvo a quienes querían descargar su bronca contra Macri y evitó referirse a los supuestos “traidores” que sostienen el proyecto de Randazzo. Es entendible, entre los cincuenta “barones” que vienen bancando este proyecto, existen varios que estuvieron en tránsito hacia la “renovación” randazzista.
Regresaron por el mero y oportunista cálculo electoral que podía poner en riesgo su control territorial. Si se fueron algunos traidores no importa, tengo otros.
La no confirmación de su candidatura tiene el objetivo de seguir “rosqueando” hasta el último minuto en pos del eventual retorno de todos o algunos de los “traidores” que se convertirán en ese mismo acto en respetuosos ciudadanos de la unidad.
El relato ciudadano y el estreno de nueva estética esconden una operación similar al kirchnerismo de los orígenes, adaptada a los tiempos de cambio. Sin la potencia de la ocupación del Estado y con varias derrotas a cuestas.
El objetivo fue ampliar su base social y política más allá del núcleo duro. El resultado: una amalgama que no colma las expectativas de los propios y es de dudosa capacidad expansiva hacia los demasiado ajenos.
En términos del discurso concreto: un nuevo intento senil de cambiar la narrativa sobre la base de las viejas estructuras. El cambio que llegó al kirchnerismo: del populismo a “la gente”.

Fernando Rosso
@RossoFer

martes, junio 20, 2017

Belgrano, el prócer nacional creador de la bandera



El 20 de junio se conmemora el día de la bandera en recordatorio del fallecimiento de Manuel Belgrano, su creador. Facetas de un representante de los grupos dominantes en formación, en lucha contra el dominio español.

La fecha que conmemora el día de la bandera fue decretada por ley 12.361 del 8 de junio de 1938, con aprobación del Congreso, por el entonces presidente Roberto M. Ortiz.
Varias son las facetas desde las que es posible recordar a Manuel Belgrano, quien integra junto a otros consagrados por la historiografía liberal el rango de prócer de la patria. Su ingreso a la política está vinculado a los primeros años del siglo XIX, en los inicios del proceso independentista de la metrópolis española y adquiere mayor protagonismo a partir de su participación en las guerras contra los peninsulares.
Su biografía, sea en el contexto de los debates sobre la identidad frente a la inmigración masiva de comienzos del siglo XX o en los años recientes al servicio de la construcción de los liderazgos del campo “nacional y popular”, ha sido manipulada por las necesidades y coyunturas políticas de los grupos dominantes. Aquí resaltaremos aspectos de su trayectoria ideológica y política como un representante del proceso de formación de los grupos dominantes en la lucha contra el dominio español.

Un político ilustrado

La formación intelectual de Belgrano transcurre en Europa, donde obtuvo en 1789 el diploma de bachiller en Leyes en Valladolid y el título de abogado unos años más tarde. Tras el impacto que provocó la muerte en la guillotina del rey Luis XVI y la consolidación política del orden burgués en ese continente, Belgrano como muchos otros intelectuales abrazó como un político ilustrado y reformador el ideario defensor de la propiedad afín a las ideas fisiócratas y la lucha por la libertad contra las tiranías. Así lo cuenta en su autobiografía: “Como en la época de 1789 me hallaba en la España y la revolución de Francia hiciese también la variación de las ideas, y particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad y solo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido”. Con esta visión reformadora definirá sus posicionamientos y su futura actuación política, como defensor del libre comercio al que entendía como camino para el progreso.
Tuvo acceso a la obra de Montesquieu, Rousseau, Gaetano Filangieri y los autores de la Enciclopedia como Diderot y D´Alembert, entre otros. Regresa a América a partir de su designación como secretario perpetuo del Consulado que se iría a crear un año después (1794, cargo que ejerció hasta 1810), con el fin de fomentar el comercio a pedido de los comerciantes coloniales más influyentes y del propio virrey del momento, Nicolás Antonio de Arredondo, mostrando una estrecha relación entre su familia (su padre era un importante comerciante), el virrey y los funcionarios españoles para los negocios en las llamadas Indias.
La invasión napoleónica al reino español en 1808, que incluyó la prisión del rey Fernando VII, provocó en las colonias americanas una prolongada crisis con diferentes reacciones y salidas. Desde las más radicales, como la instalación de Juntas soberanas, siguiendo el ejemplo español, a otras legitimistas como la del carlotismo que defendía la idea de una regencia de la hermana de Fernando VII, Carlota Joaquina de Borbón, que se encontraba en Brasil por ser la esposa del príncipe regente portugués. Su coronación se proponía como una salida para garantizar frente a la conquista francesa la continuidad de la dinastía borbónica. Belgrano será uno de sus defensores, entre otros criollos famosos como J. Castelli, desestimando los intereses que detrás de ella mantenían los portugueses y los británicos de avanzar en los proyectos de dominio continental sobre los territorios españoles. Lejos de cualquier proyecto independentista para Belgrano pesaba más, incluso a costa de mantenerse dentro de la legitimidad monárquica, los fines y la política librecambista que caracterizaba y practicaba la corona inglesa. Actuó como abogado y firme partidario de estrechar los vínculos coloniales con Gran Bretaña. Fue, en este sentido, exponente de un sector de la elite gobernante que dará mayor relevancia al comercio inglés, forjando vínculos de subordinación al capital británico, proceso que se profundizará durante el siglo XIX.

Un hombre de acción

Años más tarde irá radicalizando sus posturas, toma parte en las invasiones inglesas y será uno de los integrantes de la Primera Junta porteña de 1810. Sin embargo, será a partir de su intervención en las guerras emprendidas por el nuevo gobierno criollo, escenarios cruciales para sostener las medidas adoptadas desde Mayo, que su figura adquirirá mayor protagonismo.
De los dos principales frentes de batalla iniciales, el del Norte y la Banda Oriental, Belgrano en Paraguay junto a Castelli en el Alto Perú fueron encomendados a ganar ese bastión de influencia realista, que incluía ciudades claves como Potosí para el financiamiento estatal. En parte por la falta de apoyo en una región y por la superioridad en recursos y experiencia militar Belgrano no logró obtener las victorias esperadas (batallas de Paraguarí y Tacuarí). A pesar de su escasa experiencia y los resultados de estos combates, la audacia de decisiones como el éxodo jujeño en 1812[1], serán años de exaltación de su figura como referente del nuevo orden político en construcción.

A propósito de la bandera

La adopción de la bandera fue desde los inicios problemática. Su antecedente directo fue la creación de la escarapela. Establecido en Rosario, y habiendo organizado dos baterías llamadas Libertad e Independencia, a través de una misiva Belgrano planteará al Triunvirato la necesidad de una insignia a fin de distinguir en el campo de batalla las tropas leales de las realistas. La misiva decía: "Excmo. Señor, Parece llegado el caso de que Vuestra Excelencia se sirva declarar la escarapela nacional que debemos usar, para que no se equivoque con la de nuestros enemigos, y no haya ocasiones que puedan sernos de perjuicio; y como por otra parte observo que hay cuerpos del ejército que la llevan diferente, de modo que casi sea una señal de división, cuyo nombre, si es posible, debe alejarse, como Vuestra Excelencia sabe, me tomo la libertad de exigir de Vuestra Excelencia la declaratoria que antes expuse. Dios guarde, etc.".
Su pedido será aprobado por el Triunvirato el 18 de febrero de 1812, caracterizada por dos colores: blanco y azul celeste. A orillas del río Paraná, Belgrano izó por primera vez, con aquellos colores, la bandera de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 27 de febrero de 1812 y ordenó a las tropas un juramento de lealtad que decía: "Soldados de la patria. En este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional; en aquél (señalando la batería Independencia) nuestras armas aumentarán sus glorias. Juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América del Sud será el templo de la Independencia y de la Libertad. En fe de que así lo juráis decid conmigo: ¡Viva la Patria!". Y continuaba: "Señor capitán y tropa destinada por la primera vez a la batería Independencia: id, posesionaos de ella y cumplid el juramento que acabáis de hacer".
Informará de estos sucesos al Triunvirato: "Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé a hacer celeste y blanca, conforme a los colores de la escarapela nacional. Espero que sea de la aprobación de vuestra excelencia". Pero el pedido de Belgrano será rechazado por el gobierno central pues no se aceptaba su creación por considerarlo un gesto apresurado, teniendo en cuenta que la decisión de la ruptura completa con la corona española aún en 1812 no había logrado el consenso necesario entre la dirigencia política criolla. Lejos de cualquier epopeya providencial, de ser expresión y emblema de la nación naciente, la creación de la bandera respondía a fines más prácticos: no se podía seguir combatiendo con los emblemas de los adversarios y oponentes.
La bandera como el escudo o el himno nacional se convertirán en símbolos patrios componentes de la identidad de una clase social, la joven burguesía argentina, que desde mediados del siglo XIX dará los primeros pasos hacia la construcción del Estado nacional, con el objetivo de erigirse como representante de todo el pueblo.

Conservar lo conquistado

A partir de 1814, con la instauración del Directorio se abre un momento conservador del ciclo de mayo, que se extenderá hasta 1820, período de descentralización y auge de las autonomías provinciales. En ese plazo tendrá lugar el Congreso reunido en Tucumán que declara la Independencia, en julio de 1816, al que Belgrano será convocado con el propósito de informar la situación política de España a partir de su estadía en el exterior como representante de las Provincias Unidas. Ante el reflujo de los procesos americanos anticoloniales que llevaron al fusilamiento de Morelos en México, el exilio de Bolívar en Jamaica, la muerte de Miranda en la cárcel y en Chile el exilio de O´Higgins, el retorno a la corona de Fernando VII se vislumbraba seguro y perdurable y con ello el retroceso de las ideas republicanas. Belgrano propuso el establecimiento de una monarquía sudamericana, encabezada por un descendiente inca a fin de contar con el apoyo de los pueblos del Alto Perú y el traslado de la capital a Cuzco, como una medida defensiva que permitiera preservar lo conquistado. A contraposición de proyectos como el artiguista de carácter federal, Belgrano expresaba a un sector moderado del gobierno central que buscaba, incluso bajo una forma monárquica, asegurar la independencia completa de España y las ventajas políticas y, especialmente, económicas y comerciales ganadas.

Relatos

Belgrano volvió a estar al frente del Ejército del Norte pero será por poco tiempo ya que por problemas de salud se vio obligado a volver definitivamente a Buenos Aires en 1820, hasta su muerte el 20 de junio de ese año. Así como ocurre con San Martín, el “Padre de la Patria” y otros personajes, su trayectoria ha sido elaborada por la historiografía liberal como parte de la construcción de una conciencia nacional, como uno de los “padres” fundadores de una nación latente, y en los últimos años reconstruida como biografía de un héroe pero humanizado. Hemos tratado de rescatar brevemente, a propósito de su efeméride, aspectos de su participación como líder político e ideológico en el período posterior a los sucesos de Mayo, período controversial en la historiografía nacional del que aún queda mucho por contar.

Liliana O. Caló

[1] Se conoce como éxodo jujeño la retirada hacia Tucumán, ordenada por el Triunvirato, del Ejército del Norte comandado por Belgrano, en agosto de 1812, en el que la población de San Salvador de Jujuy jugó un papel central abandonando la ciudad y el campo, trasladándose por más de 360 km .

La Masacre de Ezeiza: “bautismo de fuego” de la derecha peronista



Los ataques perpetrados por la derecha peronista, durante la Masacre de Ezeiza, marcaron el inicio de una serie de enfrentamientos violentos destinados a terminar con la vanguardia obrera y de izquierda.

El 20 de junio de 1973 el General Juan D. Perón regresaba a Argentina luego de 18 años de proscripción y exilio. Desde Madrid partió rumbo a Buenos Aires acompañado de una comitiva conformada por su esposa Isabel Perón, el presidente Hector Cámpora, los sindicalistas Rucci y Lorenzo Miguel y José López Rega –ministro de Bienestar Social– todos ellos hombres muy cercanos a Perón sobre todo el “brujo”. El líder peronista aterrizó en la base militar de Morón recibido por los Comandantes en jefe de las FFAA mientras que dos millones de personas se habían reunido en los alrededores de los bosques de Ezeiza, lugar elegido para realizar el acto de bienvenida. Esperaban el encuentro con el líder peronista.
Desde las primeras horas de la mañana, los hombres del teniente coronel Jorge Osinde (como veremos más adelante, uno de los organizadores de la represión) comenzaron un enfrentamiento desde los palcos y el escenario disparando con armas largas sobre las columnas de la izquierda peronista, representadas por la JP y Montoneros (la Tendencia), en forma indiscriminada.La derecha peronista tuvo su “bautismo de fuego” en la Masacre de Ezeiza, montando un verdadero operativo de guerra.
Lo que se pensaba que sería una fiesta histórica del peronismo se convirtió en una tarde de terror para el conjunto de las personas movilizadas. Los acontecimientos en Ezeiza iniciaron una fuerte ofensiva de la burocracia sindical y de los sectores más conservadores y reaccionarios del peronismo buscando dar un golpe palaciego al Gobierno de Héctor J. Cámpora. Su objetivo: neutralizar y disminuir la influencia de los sectores de izquierda dentro del peronismo y aniquilar a la vanguardia obrera y popular.

Los antecedentes de la Masacre de Ezeiza

Perón volvería al país para contener el ascenso obrero y popular –que se inició con el mayo cordobés– y terminar con las experiencias políticas que la vanguardia obrera venía desarrollando en las fábricas. La única carta posible que podía jugar la burguesía era la vuelta de Perón y fue el presidente de facto, Alejandro Lanusse, el encargado de abrir nuevamente el juego electoral al partido proscripto a través del Gran Acuerdo Nacional (GAN). No nos olvidemos que el peronismo es el partido burgués al que respondía políticamente el movimiento obrero y su burocracia (1).
Las ilusiones que despertaba el retorno de Perón en las masas se había manifestado ya en los multitudinarios festejos de asunción del Presidente Cámpora el 25 de mayo de 1973, ese mismo día el nuevo gobierno liberó a los presos políticos de la dictadura producto de la intensa movilización popular.
Los sectores representantes de la izquierda peronista habían ganado influencia política dentro del Movimiento y del propio gobierno camporista. Por ejemplo, tanto la gobernación de la Provincia de Buenos Aires como la de Córdoba (entre otras), representadas por Bidegain y Obregón Cano, eran aliadas de la Juventud Peronista. Los dirigentes sindicales, por su parte, estaban incómodos con la campaña presidencial que se estaba gestando en marzo del 73 y buscaron alcanzarle su preocupación al líder exiliado sobre la presencia de “infiltrados” en el Movimiento y el avance de la izquierda en los sindicatos. Perón, quien oscilaba entre dar aire a los sectores más radicalizados y apoyarse en los sectores ortodoxos según el momento político que atravesaba, se apoyó en los primeros para facilitar su vuelta al país y el retorno a la presidencia. Pero la “primavera camporista” no detuvo el ascenso de la lucha de clases y se produjeron masivas tomas de edificios públicos. Para el día 14 de junio más de 180 escuelas, hospitales y Ministerios se encontraban tomadas por sus trabajadores.
Esta situación llevó a Perón a pactar, tiempo antes de su llegada al país, con los sectores sindicalistas y las organizaciones de la derecha peronista representadas tanto por el “brujo” como por Rucci. Esto también explica porqué la Comisión Organizadora del acto de bienvenida en Ezeiza estaba formada por el Secretario General de la CGT, Lorenzo Miguel (Jefe de los metalúrgicos), la neofascista Norma Kennedy por la rama femenina, el Secretario de Deportes y Turismo Jorge Osinde –que en la práctica es quién dirigió los ataques desde una habitación del Hotel Internacional de Ezeiza– y, por último, Juan Manuel Abal Medina (Secretario general del Movimiento Peronista) único que tenía buenas relaciones con la izquierda peronista. La relación de fuerzas desde esta perspectiva era más que clara.

Los hechos

Mientras en la madrugada del miércoles 20 de junio las columnas peronistas se dirigían hacia el sur del Gran Buenos Aires, cerca de tres mil hombres armados hasta los dientes al mando de Osinde y del Jefe de la Policía, gral. Iñiguez, se apostaron en los alrededores del palco esperando la llegada de la JP y los Montoneros. El selecto grupo estaba integrado por parapoliciales, guardaespaldas sindicales y activistas de derecha que eran miembros regulares de las organizaciones de la derecha peronista: la Concentración Nacional Universitaria (CNU), el Comando de Organización (CdeO) de Brito Lima y la Juventud Sindical Peronista (JSP), recientemente creada por Rucci para competir directamente en el terreno de la JP. Todos ellos tenían la orden de disparar si las columnas avanzaban hasta ocupar los espacios más cercanos al escenario que correspondía a los primeros 300 mts, destinados para la gente llevada por los sindicatos que no alcanzaba las 200.000 personas, un número ínfimo si lo comparamos con la gente que llevó la JP.
En el transcurso del día se sucedieron una serie de episodios confusos: balaceras, corridas, se cantaba el himno y, luego, volvían a escucharse disparos. A partir de las 15 hs el ataque contra las masas dispersas era evidente mientras el conductor del acto Leonardo Fabio intentaba contener la histeria general. A las 16:20 Fabio repetía desde el micrófono una vez más que Perón estaría pronto a llegar, cuando minutos más tarde el avión descendía en la base de Morón. Aunque los organizadores del acto aseguraron que el aterrizaje en la base aérea había sido improvisado debido a la tensa situación que se estaba desencadenando en los alrededores de Ezeiza, lo cierto es que ya se sabía desde hacía horas que a Perón lo estaban esperando en Morón. Incluso Miguel Bonasso cuenta en La Voluntad que antes de ir a Ezeiza se cruzó en la Casa Rosada con Oscar García Rey – funcionario de López Rega – quien le dijo que ni se gaste en ir al acto de bienvenida porque Perón no iba a llegar nunca allí (2).
Las ambulancias del Ministerio de Bienestar Social tuvieron un rol destacado en la represión. Fueron las encargadas de trasladar el armamento hasta la zona (se utilizaron escopetas de caza, fusiles fal, subametralladoras uzi, metralletas halcón, pistolas calibre 45, fusiles de miras telescópicas, entre otra) y funcionaban como unidades operativas de la CdeO, identificados con un brazalete blanco mientras que la JSP usaban uno verde). En el palco los prisioneros eran golpeados y tajeados mientras miles de palomas “de la paz” que iban a ser utilizadas para la bienvenida de Perón volaron sobre el terreno de enfrentamiento para generar distracción durante la balacera. La descripción de la escena expresa el desconcierto y la confusión general. Se había ocupado el Hogar Escuela Santa Teresa como base de operaciones mientras que el Hotel Internacional se utilizó para la tortura de los prisioneros, a cargo del jefe de Seguridad de Rucci, el negro Corea.
Por su parte el Automóvil Club Argentino (ACA) le brindó a Osinde y a Iñiguez unas quince grúas, tres camiones y dos coches para coordinar las comunicaciones del aparato de seguridad.
El SMATA, la UOM y la UOCRA fueron tres de los sindicatos que más hombres brindaron al operativo. El SMATA particularmente ocupó la parte izquierda del palco y controlaban la zona del Puente 12 bajo las órdenes del pistolero Adalberto Orbiso quien fuera interventor del SMATA en Córdoba luego del Navarrazo y, más recientemente, aliado de Massa y del Frente Renovador en Morón en las elecciones del 2013. Al día siguiente de los hechos, el SMATA publicó una solicitada reivindicando los acontecimientos en Ezeiza y defendiendo abiertamente los ataques. Esta costumbre del SMATA se mantiene hasta la actualidad. La lucha de los trabajadores de Lear dio cuenta de que los sucios métodos de la burocracia sindical de los setenta continúan presentes en el sindicato liderado por Pignanelli.
Al día siguiente los medios más importantes hablaron de enfrentamientos y peleas entre grupos antagónicos (ver La Prensa, Clarín y La Razón del 20/7 y 21/7) cuando en realidad fue una emboscada organizada con antelación por la derecha peronista y avalada por el propio Perón. Los datos de Vertbitsky en Ezeiza hablan de un saldo de 13 muertos, 365 heridos y decenas de hombres torturados.
Perón no tardó en ubicarse del lado de los pistoleros y de la “patria peronista”. El 21 de Junio habló por Cadena Nacional en televisión y, sin repudiar los violentos ataques del día anterior, dijo: “Es preciso volver a lo que fue en su hora el apotegma de nuestra creación: de casa al trabajo y del trabajo a casa, porque sólo el trabajo podrá redimirnos de los desatinos pasados. Ordenemos primero nuestras cabezas y nuestros espíritus […] Por eso deseo advertir a los que tratan de infiltrarse en los estamentos populares o estatales que por ese camino van mal. Así, aconsejo a todos ellos tomar el único camino genuinamente nacional: cumplir con nuestro deber de argentinos sin dobleces ni designios inconfesables”. El mensaje no solamente buscaba interpelar a los sectores del peronismo más radicalizados sino que también le daba vía libre al accionar de los grupos fascistas para aniquilar la vanguardia obrera y estudiantil.

Después de Ezeiza

La primavera camporista duro apenas 49 días, el 13 de julio el tío presentaría su renuncia siendo reemplazado por Raúl Lastiri -yerno de López Rega- hasta que en Octubre asumió Perón. En su tercera presidencia gobernó junto con los sectores más reaccionarios del Movimiento Peronista manteniendo muy buenas relaciones con la burguesía nacional. El General no estaba cercado, como solía justificar una y otra vez la “juventud maravillosa”, sino que tomó una decisión política: enfrentarse a las organizaciones de izquierda que le disputaban el poder a su viejo aliado sindical y organizar la represión obrera y juvenil utilizando dos vías: la legal y la clandestina.
La escalada de violencia fue in crescendo con la creación de la Triple A, banda parapolicial creada por el Estado y organizada desde el Ministerio de Bienestar Social (3). Según Ignacio González Janzen en La tripla A, el debut de la banda fascista fue en Ezeiza aunque el primer atentado reconocido por ellos fue en noviembre de 1973 cuando le colocan una bomba al auto del senador radical Solari Yrigoyen.
El año siguiente fue testigo del fortalecimiento del giro a derecha del gobierno de Perón con la reforma del Código Penal, la prohibición de la ocupación de fábricas y la aprobación de la Ley de Asociaciones Profesionales y el golpe policial cordobés conocido como el Navarrazo.
La Masacre de Ezeiza fue el huevo de la serpiente. En los dos años siguientes el conjunto de organizaciones parapoliciales encabezadas por la Triple A secuestraron y asesinaron a más de dos mil personas que formaban parte de la vanguardia obrera y estudiantil del campo peronista pero también del clasismo y la izquierda. Muchos de los integrantes de la Triple A y del resto de las bandas se reacomodaron durante la dictadura participando de los grupos de tarea organizados por las FFAA a partir del ´76 o colaboraron desde los sindicatos con el nuevo gobierno militar como recordó nostálgicamente Barrionuevo hace pocos días. También hombres como Moyano o el Momo Venegas – que comenzaron su vida política y sindical en la JSP de Mar del Plata acusada de perseguir militantes de izquierda en coordinación con la Triple A y la CNU- mantienen sus liderazgos sindicales hasta hoy. Otro de los casos más conocidos es el del actual titular de la UOCRA que tuvo sus inicios en el área del espionaje.
Actualmente la mayoría permanece impune y, no sólo eso, sino que se mantienen en las direcciones de los sindicatos reproduciendo las viejas lógicas propias de los matones de los setenta. Por este motivo, la tarea principal de la vanguardia obrera continúa siendo recuperar los sindicatos para echar definitivamente a estos dirigentes sindicales que continúan siendo leales a los intereses de los empresarios y gobiernos de turno.

Claudia Ferri

Referencias:

1.Ver Insurgencia Obrera. Ruth Werner, Facundo Aguirre, 2007, ed IPS. Pag. 72.
2.Ver La Voluntad Vol II, Eduardo Anguita, Martin Caparrós, ed Planeta. pag 62.
3. Ver Andrea Robles, "La Triple A y la política represiva del gobierno peronista" en Insurgencia Obrera.

La desaparición y asesinato de Nin a manos del estalinismo



Apenas derrotadas las jornadas revolucionarias de mayo del 37, la coalición republicano-estalinista reprimió violentamente a los trabajadores. Andreu Nin fue uno de los trofeos de esta coalición contrarrevolucionaria.

Andreu Nin fue secuestrado por el estalinismo el 16 de junio de 1937. En las Ramblas hay una placa recordatoria del lugar en el cual fue visto por última vez. Fue trasladado a Madrid y posteriormente asesinado en una checa de los agentes secretos del NKVD. Con ésta acción, entre otras, el estalinismo quiso castigar al POUM y a todas las fuerzas que no acababan de someterse a la estrategia del Frente Popular, y en particular a los objetivos de Stalin.
Nin fue dirigente de la CNT y como Secretario del Comité Nacional fue al Moscú posrevolucionario con el objetivo de informar a la Central de la situación. Alentó el ingreso de la CNT a la Internacional Comunista y se quedó a vivir en la Unión Soviética varios años llegando a ser el número dos de la Internacional Sindical Roja. Fue testigo del proceso de burocratización soviético liderado por Stalin. Y, rápidamente se sumó a la Oposición de Izquierda para combatirlo.
En el año 1930 logra escapar de la represión estalinista y se instala en el Estado español para iniciar la construcción de la Izquierda Comunista Española afín a la lucha liderada por León Trotsky contra la burocratización del Estado Obrero. Con la revista Comunismo, Nin y la ICE van a publicar las más importantes elaboraciones políticas hechas por un grupo marxista de aquella época.
En los años posteriores, Andreu Nin rompió con la línea del revolucionario ruso y creador del Ejército Rojo para confluir con el grupo de Maurin y así en setiembre de 1935 fundar el POUM. El POUM tuvo una política de seguidismo a los dirigentes de la CNT, por tanto, de colaboración de clases. Durante aquellos años se adaptó al poder republicano y años después acabó disolviéndose mayoritariamente entre las filas socialdemócratas.

La represión contra el POUM

El POUM fue un partido que se reivindicó comunista heterodoxo y anti-estalinista. Combatió parcialmente la política de colaboración de clases que el estalinismo desarrollaba en el Estado Español, puesto que también integró el Frente Popular con la burguesía republicana y participó del Gobierno de la Generalitat.
Fue el partido español más importante que denunció la burocratización de la URSS y el Comintern. A finales del año 1936 denunciaron la nueva oleada de purgas que los asesinos estalinistas estaban realizando contra los antiguos compañeros del Comité Central Bolchevique de Lenin y Trotsky. En La Batalla del 3/9/1936 se publicó “En Moscú han sido fusilados, en las monstruosas condiciones que todo el mundo sabe, Zinoviev, Kamenev, Smirnov y varios militantes bolcheviques más en número de dieciséis... Trotski, el compañero de Lenin, el gran organizador del Ejército Rojo, no ha podido ser fusilado por la sencilla razón de que no se encuentra en Rusia, bajo la férula de Stalin”(1) .
Los esbirros de Stalin no podían soportar esto. Jesús Hernández, quien fuera Ministro de Salud Pública y Sanidad, indicaba que “Frente al POUM estábamos en guerra de aniquilamiento”(2) . En el enfrentamiento que hubo entre las fuerzas burocráticas lideradas por Stalin y la Oposición de Izquierda fundada por Trotsky, siempre estuvieron al lado de éste, a pesar de las importantes diferencias políticas que tenían sobre cómo intervenir en la revolución española. Incluso, trataron de obtener un visado para que Trostky pudiera afincarse en España.
Cuando se constituyó la Junta de Defensa en Madrid, a principios de noviembre, el embajador de la URSS Rosenberg vetó la participación del POUM en dicho organismo. Este agente estalinista afirmaba que la dirección del POUM estaba compuesta por agentes fascistas. El 28 de noviembre, el cónsul Antonov Ovseenko, en una nota enviada a la prensa no vaciló en señalar que el periódico poumista, La Batalla, era una “prensa vendida al fascismo internacional”. En diciembre del ’36 las presiones del Cónsul soviético dieron resultados y finalmente expulsaron de la Generalitat al POUM.
Las milicias poumistas sufrieron el sabotaje por parte de la Junta que reemplazó a Largo Caballero. Esta les negó armas, las pagas y los alimentos. Se tuvieron que alistar en el nuevo ejército. Fueron suspendidos el semanario POUM, el Combatiente Rojo y La Antorcha. Fueron cerrados los locales del partido, los lugares de residencia, la sede de la emisora de radio y sus juventudes no podían funcionar. La dirección fue encarcelada y se le inició un juicio por alta traición que no pudo acabarse por la victoria del fascismo.

El estalinismo reprimió a los comités

La violencia se ejercía legalmente desde las instituciones de represión del estado burgués o, ilegalmente, a través de las checas y las cárceles clandestinas y los miles de agentes rusos que se habían instalado en territorio español.
La desaparición, y posterior asesinato de Andreu Nin hace 80 años ha sido uno de los puntos culmines de la represión estalinista en el bando republicano. El Partido Comunista español y el Partit Socialista Unificat de Catalunya organizaron con el apoyo de la Comintern y el PCUS una enorme estructura represiva en todo el territorio republicano. Para ello contaron con el beneplácito del Partido Socialista, los partidos republicanos y, en cierta medida, de la dirección de la CNT.
Esta represión estaba dirigida esencialmente contra ese sujeto más o menos intangible llamado los “incontrolados”. Eran incontrolados quienes no se sometían a la “autoridad” de la República o de la Generalitat. Los trabajadores españoles conquistaron las calles y el poder cuando enfrentaron el golpe fascista. El ejército se dividió pasándose los oficiales al fascismo y los soldados se disolvieron entre los trabajadores que enfrentaron el golpe. Si bien el POUM cedió al Frente Popular y al poder republicano-estalinista, a veces elevaba alguna voz crítica. Y, por ello también fue duramente reprimido.
En julio del 36, el poder obrero creó una multiplicidad de organismos como comités de empresa que gestionaban la producción; comités de abastos que organizaban la distribución de la comida; comités de patrullas y de barricadas que se encargaban de la seguridad; comités de milicias para organizar la lucha contra fascismo, etc. Todos estos comités no se disolvieron y siguieron funcionando. El estalinismo, junto al Partido Socialista, los partidos republicanos se pusieron a la cabeza de “controlar” al movimiento obrero.
El Conseller y Secretario General del PSUC, Joan Comorera se encargó de enfrentar los comités de abastos. La cuestión era acabar con esos comités de trabajadores. La Generalitat y el Gobierno central decretaron la disolución de las milicias y las patrullas obreras para formar un ejército y una guardia de asalto diferenciada. Estos se encargaron de atacar y levantar las barricadas y de desarmar las patrullas obreras de control. La Guardia de asalto estaba armada hasta los dientes con fusiles nuevos, mientras las milicias tenían armas del siglo anterior como denunció Orwell en Homenaje a Catalunya.
A finales de abril del 37, las patrullas estalinistas comenzaron a desarmar masivamente las patrullas organizadas por los obreros anarquistas y poumistas que habían enfrentado el golpe fascista, en julio. Los Carabineros, afines a Estat Català, fueron a Puigcerdà para tomar por la fuerza el control de la estratégica Aduana y el paso fronterizo que ya estaba bajo el control de las fuerzas cenetistas desde julio y mataron a tres militantes cenetistas.
Fue a partir de los hechos de mayo del 37 que la represión estalinista se desató. Trataron de tomar la sede de Telefónica, bajo control de los trabajadores cenetistas, mediante un asalto militar. Luego de que controlaron la rebelión obrera, gracias a la colaboración de los líderes anarquistas, se dedicaron a sembrar el terror en Barcelona. Y, ya bajo el gobierno de Negrín se impusieron manu militari en todo el sector republicano.
La contrarrevolución republicano-estalinista se llevó encima al POUM, a grupos anarquistas y trotsquistas; en fin, logró acabar con los comités de trabajadores y con la revolución obrera en curso en el bando republicano. Abrió así las puertas a la contrarrevolución fascista de Franco.

Guillermo Ferrari
Barcelona | @LLegui1968

¿Qué es el pinkwashing?: cuando la "tolerancia" pretende ganarle a la libertad



El pinkwashing o “lavado rosa” es la estrategia para ocultar ataques contra los derechos humanos por parte de los gobiernos, usando el discurso de la “tolerancia” y sumando gays y lesbianas a sus filas.

1917 a los ojos de un comunista democrático, lector de Platónov, que pensó siempre con su propia cabeza



Prólogo del libro de Francisco Fernández Buey 1917. Variaciones sobre la revolución de Octubre, su historia y sus consecuencias

No debemos aceptar, apuntó José Saramago en sus Cuadernos de Lanzarote [1], que la justa acusación, la justa denuncia (si está documentada) de los innumerables errores y crímenes cometidos en nombre del socialismo o del comunismo nos intimiden. Nuestra elección, proseguía el autor del Ensayo sobre la ceguera, no tiene por qué ser hecha entre los socialismos “reales” que fueron pervertidos y los capitalismos perversos ya de origen, “sino entre la humanidad que el socialismo puede ser y la inhumanidad que el capitalismo siempre ha sido”. El capitalismo de 'rostro humano' del que tanto se había hablado en décadas anteriores no pasaba de ser, sostenía nuestro Premio Nobel, una máscara hipócrita que se había acrecentado con los años (si bien ya entonces empezaba a asomar a las claras su auténtico rostro inhumano). A su vez, el llamado por algunos críticos de izquierda -Lenin no excluido- “capitalismo de Estado” fue una funesta práctica de los autodenominados países del "socialismo real" que, en verdad, fueron realmente “una caricatura trágica del ideal socialista”. Sin embargo, concluía, “ese ideal, a pesar de tan pisoteado y escarnecido, no murió, perdura, continúa resistiendo: tal vez por ser, simplemente, aunque como tal no venga mencionado en los diccionarios, un sinónimo de la esperanza”.
Con ligeros matices, nunca estuvo muy alejado Francisco Fernández Buey [FFB] de esta reflexión de José Saramago sobre el socialismo y el capitalismo realmente existentes en el siglo XX (y en el XXI). Coincidió también, y de forma muy significativa, con el esperancismo activo con el que el gran novelista portugués finalizaba su reflexión [2]. Y no sólo, nudo importante, en sus reflexiones más tardías sino desde que se acercara a una temática -recordemos su primer libro sobre Lenin y el contenido de sus primeros escritos sobre Gramsci- que, como parece consistente en un filósofo comprometido de sus características, le acompañó hasta el final de sus días, cuando seguía reclamando la necesidad, por justicia y ausencia de olvido, de un libro blanco sobre el comunismo del siglo XX y teorizaba al mismo tiempo sobre las utopías y las ilusiones naturales de los seres humanos y la necesidad de una renovación a la altura de las nuevas circunstancias del ideario comunista.
Tampoco estuvo distante de las tesis que defendió en “¿Por qué socialismo?” [3] otro de sus maestros, Albert Einstein [4]. Especialmente, en dos de sus consideraciones: en que sólo una economía socialista planificada democráticamente, con la participación real de la ciudadanía trabajadora, podía superar -pensando y actuando solidariamente y rectificando siempre que fuera necesario- la explotación y la mutilación del individuo que impone el capitalismo, y en que el socialismo no es desde luego inevitable. No existía ninguna “ley histórica”, ni formulación afín, que nos condujera a él inexorablemente como, a veces, puerilmente se ha teorizado. Como finalidad humana que era, debía ser anhelado, deseado, buscado activamente, con esfuerzo, praxis y tenacidad. Con algunas victorias… y con bastantes derrotas.
Que también en este caso, como en tantas otros asuntos controvertidos, pensó el que fuera profesor de la Universidad Pompeu Fabra con su propia cabeza es asunto de fácil argumentación y más que consistente con la libertad y heterodoxia con la que se enfrentó a la obra y las prácticas del revolucionario ruso a sus 33 años de edad. Una ilustración bastará. Con estas palabras finalizaba su introducción al que fuera su primer libro, Conocer Lenin y su obra [5]: “… recuperar a Lenin hoy [1977] quiere decir sobre todo añadir a la autocrítica del último Lenin, parcialmente distanciado del ejercicio del poder, la autocrítica del leninismo”. De hecho, proseguía, dos hechos enmarcaron desde el principio un proceso muy singular. En primer lugar, la de octubre-noviembre de 1917 había sido una revolución comunista contra la letra mal interpretada -y peor plasmada políticamente- de El Capital, como señalara otro de los revolucionarios con los que más dialogó y al que, probablemente, más admiró, Antonio Gramsci. La historia se desarrolló desde 1917 de manera muy distinta a la prevista por la teoría y por el autor de El Estado y la revolución, un libro cuya vena libertaria siempre fue elogiada por el amigo de Oriol Solé Sugranyes.
En segundo lugar, a pesar del denominado “socialismo en un sólo país” era más que evidente la orientación internacionalista de toda la obra de Lenin, su preocupación central por vincular la revolución rusa a las revoluciones de la Europa occidental. Aunque, por otra parte, nunca había sido Lenin un cosmopolita intelectual “incapaz de comprender los sufrimientos y las necesidades de la clase obrera del país de origen” [6]. El autor del ¿Qué hacer?, destacó con énfasis el que hasta entonces había sido militante del PSUC, el partido de los comunista catalanes, fue siempre verdadero internacionalista.
Para el autor de Leyendo a Gramsci, el De omnibus dubitandum, el hay que dudar de todo, que había inspirado a la tradición comunista marxista en sus orígenes (recordemos las preferencias y elecciones de Marx)[7], se transformó frecuentemente en su opuesto, en fanática defensa de lo existente, de todo lo existente. De lo que pudo ser, en algunos momentos, necesidad, se hizo virtud indiscutida. Hasta la misma afirmación, en principio veraz, de que la sociedad soviética no podía caracterizarse de ningún modo como una sociedad comunista acabó siendo utilizada cínicamente para justificar los males y perversiones de la sociedad existente: “los errores y los crímenes (habitualmente llamados ajusticiamientos) eran parte necesaria del socialismo real; la sociedad buena sería, efectivamente, el comunismo, hacia sus cumbres se iba avanzando, pero mientras no se llegara a ella todos los males parecían estar justificados”. Tal fue una de las bases ideológicas de lo que se conoció durante décadas como socialismo real. Lo otro, se solía afirmar, arrojándolo sin contemplaciones ni mesura a la cara de los críticos y disidentes, era estúpida utopía, izquierdismo, asunto de soñadores o, peor incluso, colaboración inconsciente con el enemigo, un enemigo que, ciertamente, estuvo acechando, manipulando y agrediendo desde el primer momento, sin cesar, como el rayo de aquel otro poeta comunista, Miguel Hernández, muerto-asesinado a los 32 años de edad.
No fue, en ningún caso, aquella revolución que quiso asaltar los cielos un controlado experimento social de laboratorio, un atrevido estudio académico sin grandes sufrimientos humanos ni agresiones externas. Las coincidencias con otro “gran heterodoxo”, Kiva Maidánik, uno de los grandes críticos de la aniquilación de la Primavera de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia, son evidentes y más que significativas.
Merece también ser recordado que FFB nunca dejó de insistir en que fueron los comunistas críticos, los marxistas revolucionarios, desde Rosa Luxemburg a Otto Ruhe y desde Karl Korsch a Anton Pannekoek pasando por Antonio Gramsci, Ignacio Silone y Leon Trotski, al igual que diversas tendencias anarquistas y anarcocomunistas, quienes primero denunciaron los riesgos y los desmanes de aquella clara desvirtuación del socialismo que fue el estalinismo. No sabemos, no podemos saber, señaló, por cuanto tiempo el nombre del comunismo quedará manchado en la imaginación popular por el gulag y por la actuación de la máquina infernal estalinista, de aquella máquina que fabricaba impunemente la calumnia organizada, como señaló Nicolai Bujárin. También en este caso el infierno estuvo empedrado de buenas intenciones, de grandes esperanzas, entre ellas la sincera aspiración a una sociedad igualitaria por parte de las víctimas y, a veces también, por gentes que se convirtieron más tarde en verdugos. El prudente silencio para no perjudicar una experiencia social alternativa podía explicarse, no justificarse, señaló FFB, cuando se tenía a la vista la miseria y el despotismo del capitalismo, si bien, autocríticamente, recordaba “la mala conciencia de los revolucionarios sin revolución que quedamos deslumbrados por la luz de las revolución triunfante sin prestar apenas atención a sus sombras”, una revolución que, sin embargo, debería ser analizada siempre con perspectiva histórica, también en sus antecedentes, pensando en los tiempos injustos desde los que brotó. El gulag fue, en su opinión, una de las consecuencias terribles de un nuevo proceso histórico de industrialización acelerada realizado con la confianza de que en este caso, “por hacer lo que se hacía en nombre del comunismo”, no era necesario, siéndolo, poner bozal a la bestia del propio Estado (como era necesario, como siempre fue necesario hacerlo al Estado, y al mercado, en las sociedades del capitalismo realmente existente).
Hay más ideas singulares y fructíferas en los textos que aquí hemos recogido, que abarcan un período de más de 30 años, y que el lector tiene ahora entre sus manos: una excelente lectura de las reflexiones del último Engels y del último Marx sobre la lucha política, en general, y sobre Rusia, en particular; un buen análisis para ver las revisiones y contradicciones del pensamiento de Lenin y la práctica como causa desencadenante de esos cambios; magnífico equilibrio y racionalismo temperado para aproximarse al pensamiento y las críticas de los comunistas radicales: “ junto a esos errores de apreciación de las situaciones y por encima de las diferencias de tono y de método -a veces muy notables- que se observan en esos textos del extremismo de los años treinta, hay también estimaciones, sugerencias y propuestas políticas de valor” ; defensa del revisionismo bien entendido, en momentos, 1975 y años siguientes, en los que ser tildado como tal era ser condenado al infierno político y a los márgenes de la tradición revoluciona; ausencia, siempre in crescendo, de sectarismo ; lectura libre y documentada de los clásicos; crítica documentada (y sentida) al cinismo e hipocresía de muchas críticas occidentales, conservadores o liberables, a la Unión Soviética (y a Rusia tras la caída y la desintegración); destacada intuición y visión políticas que tanto luz aportaron a muchos ciudadanos; reconocimiento de los aciertos, casi en minoría unitaria, de Helene Carrere d‘Encausse; deslumbrante capacidad para leer textos, ahora clásicos. como Nosotros o Chevengur; sentido homenaje a referentes. nunca olvidados por él, de la tradición: Ingrao, Sacristán, Rossanda; cultivo de un, en ocasiones, trágico y lúcido sentido del humor que nunca le abandonó.
Engels... escribió una vez: "Tal vez nos pase a nosotros lo que les ocurrió a los revolucionarios burgueses, que queriendo traer la libertad a este mundo lo que acabaron trayendo fue el Credit Mobilier". Él no lo supo ya, pero nos pasó. Nos pasó a los comunistas: queriendo traer la igualdad a este mundo acabamos confundiendo la unión "soviética", el reino de los soviets, la democracia directa consejista, con la unión "cosmética", con un nuevo poder orientado a la conquista del cosmos que quiso ser superpotencia.
Los lectores completarán nuestro breve catálogo. Hay muchos otros elementos que podrían incorporarse a él. Entre ellos, sabido es, la rebeldía, la indignación, el infrecuente coraje político del coautor, junto a su amigo y compañero Jorge Riechmann, de Ni tribunos.

***

Hemos incluido en este nuevo libro del que fuera profesor de Metodología de las Ciencias Sociales una selección de sus numerosos escritos (muchos han sido dejados en el tintero) sobre la historia y las consecuencias de la revolución de octubre. Los presentamos ordenados por fecha salvo en el caso de los dos primeros textos. Intentamos con ello situar al lector en las coordenadas político-culturales con las que el joven pero ya maduro Francisco Fernández Buey se acercó a la revolución socialista de 1917.
Se podrá observar algunas intersecciones no vacías, inevitables, entre algunos de estos escritos. Variantes de interés y nuevos matices y reflexiones justifican su inclusión desde nuestro punto de vista.
Nuestras breves notas, básicamente informativas, están diferenciadas de las del autor con las siglas “NE”, nota de los editores.
Jordi Torrent Bestit nos ha ayudado en la selección y nos ha ayudado a evitar algunos errores que habíamos cometido. Gracias, muchas gracias, estimat amic. Las nuevas equivocaciones, por supuesto, son de nuestra única responsabilidad.
Se podría hacer el esfuerzo de interpretar lo que fue la historia del siglo XX, señaló en repetidas ocasiones el autor de La gran perturbación, desideologizando las palabras que hemos usado normalmente, una y otra vez, y ateniéndonos a “lo que realmente hubo en las sociedades o por debajo de lo que los ideólogos (y tras ellos, los demás) decían (o decíamos) que había. En Rusia y en Estados Unidos de Norteamérica, para empezar”. Había, pues, que volver a pensarlo todo, de arriba abajo. Como en otras ocasiones. Alexandr Zinoviev, en su opinión, nos podía ayudar en esta necesaria tarea. Francisco Fernández Buey también lo hizo.
De hecho, por detrás de sus observaciones, reflexiones, tesis y propuestas, subyace una idea-fuerza, varias veces remarcada, de Maquiavelo: “Nada de imaginar paraísos. Lo que hay que hacer es conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”. Eso es lo más, en muchos momentos, a lo que pueden aspirar los seres humanos, en este mundo de la política moderna. No es poco. FFB nunca quiso reconciliarse con el mundo grande y terrible que le tocó vivir, como otro gran revolucionario, como otro de sus maestros, Antonio Gramsci. Se trataba, se trata, de traducir la idea gramsciana de reforma moral e intelectual a unas condiciones en las que la batalla de ideas, por la enorme extensión y potencia de los medios de comunicación (y, a veces, desinformación) de masas, se ha ampliado a todos los ámbitos de la vida. Seguía -sigue- siendo esencial, en su opinión -también en la nuestra-, no desnaturalizarse: revisar, rehacer, volver a pensar, renovar sin perder la naturaleza propia, sin echar por la borda los valores, ideales y fines por los que se había luchado y por los que valía la pena seguir luchando.
¿Fue FFB un comunista democrático hasta el final de sus días? Lo fue ¿Qué tipo de comunismo defendió? El mismo lo expresó en los siguientes términos:
De todas las descripciones del comunismo que he conocido en estos años, la que más me ha tocado, la que ha parecido más sensata, por lo poco ideológica que era, se la oí a un viejísimo campesino, creo que mongol, en un documental reciente sobre los orígenes de la Unión Soviética cuando ya ésta había fenecido. Explicaba el viejo campesino que en 1918 llegaron a su aldea unos funcionarios de Moscú y dijeron a las gentes allí reunidas que se había acabado el viejo régimen y que ahora empezaba una nueva era: la era del comunismo.
A la pregunta, razonablemente desconfiada, del viejo campesino sobre qué era esa cosa llamada comunismo, el funcionario de Moscú había contestado:
"En primer lugar, tener las tierras en común, labrarlas en común y repartir comunitariamente el producto de las tareas realizadas en común; y en segundo lugar, trabajar bien la tierra con los tractores que nosotros os daremos". "Nos pareció lo mejor" -comentó el viejo campesino- "porque lo primero, labrar en común, es lo que veníamos haciendo desde hacía mucho tiempo; y lo segundo, lo de los tractores, era una ayuda inesperada, como llegada del cielo.
También en estos términos y observaciones, que son complementarios [8]:
El comunista quiere que haya libertad en esta tierra. Pero, como la quiere en serio, en tanto que libertad concreta, pregunta, a quienes usan el nombre de la libertad en vano, "libertad, ¿para quién?". El comunista quiere la igualdad en esta tierra. Pero, como no pretende uniformar a los hombres y a las mujeres, precisa qué tipo de igualdad es posible entre seres humanos psíquica y culturalmente diferentes. Aspira, por tanto, a la igualdad social. Más es demasiado .
El comunista también quiere la fraternidad en esta tierra. Pero, como sabe que
[...] en esta tierra sigue habiendo mucho cainismo y mucho amiguismo que pretenden estar por encima de la justicia, precisa de qué fraternidad se trata: fraternidad entre iguales. Y al luchar por la libertad, la igualdad y la fraternidad, el comunista se orienta por un principio: a cada cual según sus necesidades; de cada cual según sus posibilidades y aptitudes.
Era muy posible que, tal como estaban entonces las cosas (¿también ahora?), aquella vieja lucha comunista se tuviera que renovar -de nuevo la idea de Maquiavelo- por vía negativa. ¿De qué modo? No diciendo "el comunismo será así y así", sino diciendo más bien: "el comunismo no podrá ser así y así", porque al quererlo así (por ejemplo, en el sentido de "a todos según sus necesidades") sería tanto como “a) rebasar las capacidades humanas, o b) entrar en contradicción con los principios jurídico-morales que nos proponemos plasmar, o c) entrar en contradicción con las leyes elementales de la naturaleza, con la base material de mantenimiento de la vida sobre el planeta”. Pero es sabido que, dialécticamente (otro de los conceptos sobre el que nos ilustró con ironía y acierto), decir no es esto, no esto, es también decir al mismo tiempo es esto otro, algo, que como comentó Jaime Gil de Biedma, uno de los poetas que también transitó, leyó y admiró el autor de estas páginas, ya podíamos empezar a imaginarnos, a sentir y a construir.
Para la ciudadanía en general, escribía el autor hablando de Pietro Ingrao, tal vez sea la ocasión de conocer, ya sin nostalgia, “a uno de los representantes más preclaros de la pasión razonada en la época de la gran ilusión igualitaria”. También fue su caso. Al fin y al cabo, como también nos indicó, su época, la de Ingrao y la de Fernández Buey, fue la época de siempre, “la época de los humanos civilmente comprometidos”.

Salvador López Arnal y Jordi Mir Garcia

Notas:

1) José Saramago, Cuadernos de Lanzarote (1996-1997), Madrid, Alfaguara, 2002, p. 53.
2) Algunos años antes se manifestaría en términos muy parecidos su amigo y maestro, Manuel Sacristán, en una conferencia sobre una política socialista de la ciencia dictada en 1979. Véase M. Sacristán, Seis conferencias, Barcelona, El Viejo Topo, 2005, p. 47.
3) Albert Einstein, “Why Socialism?»” Monthly Review (mayo 1949). Varias ediciones en castellano.
4) Recuérdese su retrato de Albert Einstein, Vilassar-Barcelona, El Viejo Topo, 2005, y el subtítulo del ensayo: “Ciencia y conciencia”.
5) F. Fernández Buey, Conocer Lenin y su obra, Barcelona, Dopesa, 1977 (segunda edición 1978), p. 10.
6)Ibidem, p. 10.
7) Recogidas, por ejemplo, en un libro que, con toda seguridad, hubiera conmovido al autor: Mary Gabriel, Amor y Capital, Barcelona, El Viejo Topo, 2014 (traducción de Jose Sarret)
8) http://www.lainsignia.org/2003/julio/cul_039.htm

Curuguaty, la masacre que derivó en un golpe de Estado

A cinco años del asesinato de campesinos y policías, Ricardo Canese, diputado paraguayo del Parlasur, analizó el entramado que desencadenó el golpe contra Fernando Lugo. El rol de los medios, el sector latifundista, el Congreso, el Poder Judicial y la coordinación de la Embajada de EE.UU.

El pasado jueves se cumplieron cinco años de la masacre de Curuguaty. El 15 de junio de 2012, en un intento de desalojo ordenado por el Poder Judicial, fueron asesinados once campesinos y seis policías. El hecho fue rápidamente tomado por la derecha paraguaya y por los medios de comunicación hegemónicos para impulsar un golpe de Estado contra el entonces presidente Fernando Lugo. El Congreso convocó a un juicio político exprés y a menos de una semana del hecho el mandatario fue destituido.
El golpe tuvo una clara participación de la Embajada de Estados Unidos, los medios hegemónicos de comunicación, el poderoso sector latifundista, el Congreso y el Poder Judicial. Para desandar este complejo entramado, Contexto charló con Ricardo Canese, diputado paraguayo en Parlasur. El parlamentario recordó que “el conflicto de la tierra en Paraguay es muy antiguo, viene desde la Guerra de la Triple Alianza, cuando se realizó una gran apropiación por parte de la oligarquía latifundista y se creó ahí al ‘campesino sin tierra’. Eso siguió así hasta que se agudizó durante la dictadura de Alfredo Stroessner. La Comisión de Verdad y Justicia calculó que, en ese momento, ocho millones de hectáreas públicas quedaron en manos de la oligarquía. En Paraguay, el 85% de la tierra quedó en manos del 2% de los latifundistas”.
“La masacre de Curuguaty se produce en ese marco, en un lugar donde la tierra era pública pero fue apropiada por uno de los grandes latifundistas, el ex presidente del Partido Colorado, Blas Riquelme”, remarcó.
Canese aseguró que “el Poder Judicial de Paraguay es el brazo largo de los latifundistas. No es institucional ni democrático. Eso no se logró cambiar ni siquiera durante el Gobierno de Fernando Lugo. El Poder Judicial, al igual que el Congreso, siguió manejado por los latifundistas”.
“Cuando el Poder Judicial tomó la medida de desalojo, ya estaba todo organizado, todo premeditado para actuar con sicarios, matar a los dirigentes campesinos y a los policías y así provocar el golpe de Estado. Esto ha ocurrido también en otros países como Venezuela, Ucrania y Siria. Se provoca una situación de fuerte impacto y, con el apoyo de los oligopolios de comunicación, se generan las condiciones para un golpe de Estado parlamentario que, aquí, pudieron concretar en apenas una semana”, detalló.
Respecto al rol de Estados Unidos en el golpe, Canese afirmó: “Nosotros tenemos información de que fue la Embajada de Estados Unidos la que operó este golpe. Se lo vio al embajador en Asunción operando abiertamente, reuniéndose con los opositores y preparando todas las condiciones para el golpe. La oligarquía paraguaya no tiene la capacidad para planificar algo como esto; la Embajada de Estados Unidos sí”.
“Ese día asesinaron a seis policías y once campesinos. Así causaron un doble impacto. Por un lado, los medios dijeron que, apoyados por el Gobierno de Lugo, había movimientos sociales violentos que mataban policías. Por otro lado, se provocó la desmovilización de los movimientos sociales porque les hicieron creer que el Gobierno de Lugo mataba campesinos. Una operación muy bien pensada y ejecutada”, señaló.
El parlamentario del Mercosur aseguró que “hoy Lugo tiene una intención de voto superior a la que tuvo cuando ganó las elecciones. Las encuestas indican que está por encima del 50%, y cuando ganó lo hizo con el 41%. La popularidad de Fernando Lugo es mayor por una razón muy simple: la gente comprobó que los Gobiernos neoliberales no le traen ninguna la solución. La salud, la educación, el empleo, todo está peor ahora. La gente tiene un razonamiento muy simple: ‘con Lugo estábamos mejor’. Por eso la oligarquía ahora quiere proscribirlo. Aunque el momento para eventuales impugnaciones es en enero de 2018, ya emitieron un fallo diciendo que él no puede ser candidato. Es como si un árbitro sacara una tarjeta roja antes de que empiece el partido”.
“Nosotros estamos viendo la estrategia que vamos a usar para que un Gobierno progresista vuelva a Paraguay. Lo importante es el contraste que hizo que la gente valore lo que puede hacer un Gobierno progresista frente al desastre que representa un Gobierno neoliberal”, concluyó Canese.

Héctor Bernardo

65,6 millones de personas en situación de desplazamiento forzado

La guerra, la violencia y la persecución impulsan el desplazamiento a un máximo sin precedentes

La guerra, la violencia y la persecución en todo el mundo están empujando al desplazamiento forzado a un número de personas sin precedentes, según el informe publicado hoy por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados.
El nuevo informe Tendencias globales de ACNUR, principal estudio anual de la organización sobre la situación del desplazamiento, afirma que al terminar 2016 había 65,6 millones de personas en situación de desplazamiento forzado, unas 300.000 más que un año antes. Este total representa una cifra enorme de personas que necesitan protección en el mundo.
La cifra de 65,6 millones comprende tres componentes importantes. En primer lugar, las cifras de refugiados, que con 22,5 millones son las más altas de las que se tiene constancia. De éstos, 17,2 millones se encuentran bajo el mandato de ACNUR, y el resto son refugiados palestinos registrados ante nuestra organización hermana UNRWA. El conflicto de Siria sigue siendo el el que genera más refugiados a nivel mundia (5,5 millones), aunque en 2016 el principal factor de este incremento fue Sudán del Sur, donde la desastrosa ruptura de los esfuerzos por la paz en julio de ese año contribuyó a la salida de 739.900 personas hasta finales de diciembre de 2016 (actualmente, 1,87 millones).
En segundo lugar, el desplazamiento de personas dentro de su propio país, cuyo número era 40,3 millones al término de 2016, frente a 40,8 millones un año antes. Siria, Irak y el todavía muy considerable desplazamiento dentro de Colombia, fueron las principales situaciones de desplazamiento interno. No obstante, el desplazamiento interno es un problema de ámbito mundial y representa casi dos tercios del desplazamiento forzado total en el mundo.
En tercer lugar, los solicitantes de asilo, personas que han huido de su país y solicitan protección internacional como refugiados. Al concluir 2016, el número de personas que habían solicitado asilo en el mundo era 2,8 millones.
Esto agrava el inmenso coste humano de la guerra y la persecución en el mundo: 65,6 millones significa que, por término medio, una de cada 113 personas en el mundo se halla en situación de desplazamiento, es decir, una población mayor que la de Reino Unido, 21º país del mundo en número de habitantes.
“Desde cualquier punto de vista, esta cifra es inaceptable, y plantea con más fuerza que nunca la necesidad de mayor solidaridad y un propósito común para prevenir y resolver las crisis y para garantizar entre todos que los refugiados, desplazados internos y solicitantes de asilo del mundo reciben protección y atención adecuadas, al tiempo que se buscan soluciones”, ha declarado Filippo Grandi, Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados. “Tenemos que hacerlo mejor por estas personas. En un mundo en conflicto, lo que se necesita es determinación y valor, no miedo.”
Una de las principales conclusiones del informe es que las cifras de nuevos desplazamientos en particular siguen siendo muy altas. De los 65,6 millones de personas en situación de desplazamiento forzado en el mundo, 10,3 millones se convirtieron en desplazados forzosos en 2016, de las que aproximadamente dos tercios (6,9 millones) habían huido en el interior de su propio país, sin cruzar una frontera internacional. Esto equivale a una persona desplazada cada 3 segundos, menos tiempo del que se necesita para leer esta frase.
Al mismo tiempo, los retornos de refugiados y desplazados internos a sus lugares de origen, unidos a otras soluciones como el reasentamiento en terceros países, permitieron que, para algunos, 2016 trajera una perspectiva de mejora. Unos 37 países admitieron conjuntamente a 189.300 refugiados para reasentamiento. Más o menos medio millón de refugiados pudieron retornar a sus respectivos países de origen, y aproximadamente 6,5 millones de desplazados internos lo hicieron a sus zonas de origen, aunque en muchos casos en condiciones que distaban de ser ideales y con unas perspectivas inciertas.
En todo el mundo, la mayoría de los refugiados —el 84%— estaban en países de ingresos bajos o medios a finales de 2016, y uno de cada tres (4,9 millones) eran acogidos por los países menos desarrollados. Este enorme desequilibrio refleja varias cosas, entre ellas la persistente falta de consenso internacional en lo relativo a la acogida de refugiados y la proximidad de muchos países pobres a regiones de conflicto. También ilustra la necesidad de que los países y comunidades que apoyan a los refugiados y otras personas desplazadas reciban más recursos y apoyo, cuya ausencia puede generar inestabilidad, tener consecuencias para la labor humanitaria que puede salvar vidas, o dar lugar a desplazamientos secundarios.
Por población, Siria sigue teniendo el mayor número total de personas desplazadas, con 12 millones (casi dos tercios de su población), cifra que incluye a desplazados internos y a personas que han huido a otros países –tanto refugiados como solicitantes de asilo-. Exceptuando la prolongada situación de los refugiados palestinos, los colombianos (7,7 millones) y los afganos (4,7 millones) seguían siendo la segunda y tercera población más numerosa, seguidos de iraquíes (4,2 millones) y sursudaneses, que son la población de desplazados que crece con más rapidez en el mundo: 3,3 millones habían huido de sus hogares a finales de 2016.
Los menores, que representan la mitad de los refugiados del mundo, siguen soportando una carga desproporcionada de sufrimiento, principalmente por su mayor vulnerabilidad. Por desgracia, se recibieron 75.000 solicitudes de asilo de menores que viajaban solos o separados de sus progenitores, aunque la cifra real podría ser incluso superior.
ACNUR calcula que al menos 10 millones de personas carecían de nacionalidad o estaban en peligro de convertirse en apátridas al final de 2016. Sin embargo, los datos registrados por los gobiernos y comunicados a ACNUR reflejaban sólo la cifra de 3,2 millones de personas apátridas en 75 países.
Tendencias globales es una evaluación estadística del desplazamiento forzado, por lo que no recoge algunos acontecimientos clave del mundo de los refugiados en 2016. Entre ellos figuran el aumento de la politización de las cuestiones relacionadas con el asilo en muchos países y las restricciones cada vez mayores para el acceso a la protección internacional en algunas regiones, pero también novedades positivas como la histórica Cumbre de las Naciones Unidas sobre refugiados y migrantes en septiembre de 2016, la Declaración de Nueva York adoptada tras la misma, el nuevo enfoque que involucra a toda la sociedad en la gestión del desplazamiento y que se está poniendo en marcha en virtud del Marco de Respuesta Integral para los Refugiados, y la enorme generosidad tanto de los países de acogida como de los gobiernos donantes hacia los refugiados y otras poblaciones desplazadas.
ACNUR elabora anualmente su informe Tendencias globales a partir de datos propios, datos recibidos de su socio el Observatorio sobre el Desplazamiento Interno (IDMC) y los que recibe de los gobiernos.

Rebelión