domingo, julio 09, 2017

La Segunda Guerra Mundial y la identidad norteamericana




El comienzo de la guerra para Estados Unidos reflejó claramente las prioridades estratégicas de este país.

La Segunda Guerra Mundial fue un hito clave para la cultura y la sociedad norteamericana. La lucha contra el fascismo generó una valoración y autoestima en el ciudadano norteamericano que surgía de lo que sentía era la congruencia entre ideales y una práctica de estado: pensaban que Estados Unidos se había manifestado como reservorio de la democracia frente a la agresión belicista de las tiranías fascistas. Sin embargo, la investigación histórica reveló una serie de hechos que empañaban aspectos de esta percepción: la utilización de la bomba atómica; la “internación” de los norteamericanos de origen japonés en campos de concentración; el rechazo gubernamental a que el país fuera refugio de, por lo menos, un barco lleno de judíos alemanes; fuertes expresiones racistas en las Fuerzas Armadas tanto contra los negros como contra los hispanos; la existencia de sectores de poder claramente pro nazis; las relaciones entre los servicios de inteligencia militar y la mafia en la invasión de Italia. Estos datos, y muchos otros, mostraban que para los Estados Unidos la Segunda Guerra Mundial había sido un proceso más de intereses que principios. Si bien la lucha contra el fascismo era algo que sentían como surgida de la tradición norteamericana, la realidad era otra.
Estados Unidos ingresó en la Segunda Guerra Mundial, el 8 de diciembre de 1941, a raíz del ataque del Imperio japonés a la flota norteamericana del Pacífico basada en Pearl Harbor. El entonces presidente Franklin Roosevelt dijo que ese día “vivirá en la infamia” y, a partir de ese entonces, se inició una polémica en torno a si el gobierno norteamericano supo de antemano que ocurriría el ataque. Inclusive para todo un sector historiográfico el planteo es que Roosevelt provocó el ataque japonés para forzar el ingreso de su país en la guerra del lado de los aliados. Si bien no hay pruebas fehacientes de que esto fue así, la realidad es que Roosevelt se encontraba, en 1939, en una situación sumamente compleja. El comienzo de la Segunda Guerra Mundial encontró a gran parte de la opinión pública norteamericana del lado de una neutralidad casi absoluta: cerca del 60% de la población opinaba que Estados Unidos no debía participar. El Comité “America First” reunía en contra de la intervención a prominentes conservadores, buena parte del partido Republicano y a figuras como Henry Ford, el aviador Charles Lindbergh, y la familia Dupont. Organizaciones como el anti semita Frente Cristiano y el pro nazi German American Bund, con miles de miembros bregaban por el apoyo a las potencias del Eje. La presión que estos sectores ejercían sobre Roosevelt (al cual acusaban de cripto judío) fue bastante importante.
Sin embargo, el gobierno obtuvo una modificación a la Ley de Neutralidad que le permitió vender armas a los Aliados. Los triunfos de Japón y de Alemania señalaban que Estados Unidos, tarde o temprano, debía intervenir si deseaba mantener su influencia como potencia mundial, sobre todo en el Pacífico. En 1940, el gobierno instituyó la primera conscripción norteamericana en tiempos de paz, llamando un millón y medio de hombres a bandera. Un año más tarde, Roosevelt se reunió con el primer ministro británico Winston Churchill para plantear “un mejor futuro para el mundo”. En este contexto era lógico que Japón intentara un golpe de mano que, de ser exitoso, obligara a Estados Unidos a negociar la paz. Pero, sin el ataque sorpresivo japonés es difícil suponer que la población norteamericana hubiera apoyado la intervención bélica.
El comienzo de la guerra para Estados Unidos reflejó claramente las prioridades estratégicas de este país. En cuanto a Europa, Estados Unidos a través de 1942 se limitó a garantizar que Gran Bretaña no fuera invadida, mantuvo el flujo de armamentos tanto para los británicos como para los soviéticos, y se dedicó a obtener control de las rutas marítimas del Atlántico. Utilizando a Gran Bretaña como base aérea, la Fuerza Aérea norteamericana comenzó una fuerte ofensiva sobre los centros industriales, de transporte y de población de Alemania. Recién a fines de 1942 las tropas norteamericanas invadieron el norte de África y en julio de 1943 el sur de Italia. Fue recién en junio de 1944, con la invasión de Normandía, que Estados Unidos se lanzó de lleno a la guerra en Europa. A partir de ese momento, hasta mayo de 1945, las potencias del Eje fueron rápidamente derrotadas en el teatro europeo. En todo esto también se ha generado una fuerte polémica, dado que gran parte de la maquinaria bélica nazi-fascista se encontraba volcada en contra de la Unión Soviética, que ya emergía triunfante en 1944. La demora norteamericana en “abrir el segundo frente” se debió a que Estados Unidos prefería que la URSS se desgastara lo más posible en la lucha contra el Eje. Ante la presión de Stalin, invadieron Italia en 1943 perdiendo miles de hombres en una guerra de posiciones y ante un ejército alemán bien atrincherado en posiciones como las de Monte Casino y Anzio. Mientras acumulaban fuerzas y recursos para la invasión a Normandía, los Aliados optaron por profundizar el bombardeo de la base industrial alemana mientras fortalecían a los partisanos (1).
En el Pacífico, y después de una serie de grandes derrotas, Estados Unidos volcó gran parte de su esfuerzo bélico desarrollando una estrategia volcada a controlar toda la cuenca del Pacífico. Si bien gran parte de las fuerzas armadas japonesas se encontraban luchando en China, en el Pacífico estaban bien atrincheradas en una serie de pequeñas islas difíciles de atacar y protegidas por una moderna y aguerrida marina de guerra. De ahí que el alto mando norteamericano se concentró en el desarrollo de la aviación naval y en tropas de asalto anfibio (los Marines). La táctica de asaltar a los japoneses en islas-fortalezas, como Tarawa o Saipán, implicó la pérdida de miles y miles de soldados. Para lidiar con esto, el General Douglas MacArthur, al mando en el Pacífico, desarrolló una estrategia por la que cada isla capturada se convertía en una base aérea y de aprovisionamiento que permitía a Estados Unidos acercarse a Japón. Esta estrategia fue exitosa permitiendo el bombardeo aéreo de Japón a partir de mediados de 1943.
Al mismo tiempo, Estados Unidos abasteció a los ejércitos nacionalistas chinos que peleaban contra los japoneses, y apoyó a grupos partisanos en Filipinas y el sudeste asiático. El bombardeo de Japón se concentró en blancos civiles. Al igual que en el caso europeo el bombardeo indiscriminado contra blancos socio-económicos tenía los objetivos de debilitar y desmoralizar a su población, de dificultar su producción bélica, y tuvo la ventaja de destruir la infraestructura necesaria para que estas potencias no pudieran competir con Estados Unidos en la posguerra.
A partir de mediados de 1944 era evidente que el colapso japonés era una cuestión de tiempo. Su aviación había sido aniquilada, su flota diezmada, y sus ciudades bombardeadas con cientos de miles de muertos. El régimen japonés tenía serios problemas para poder importar una cantidad de insumos imprescindibles para su esfuerzo bélico. A partir de la derrota de Alemania, los Aliados exigieron que Japón aceptara una rendición incondicional. Para forzar esta, el 6 de agosto de 1945 una bomba atómica fue lanzada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima matando más de cien mil personas y, tres días más tarde, otra destruyó Nagasaki causando unas 90 mil muertes. El 14 de agosto el Emperador japonés efectuó la rendición.
Es indudable que la contribución norteamericana a la Segunda Guerra fue importante. Si bien los soviéticos perdieron cerca de 20 millones de habitantes mientras que los norteamericanos tuvieron 405.000 muertos y 670.000 heridos, fue el peso económico e industrial norteamericano lo que facilitó la derrota del fascismo. Al mismo tiempo la guerra transformó a Estados Unidos. Fue la guerra la que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión; la que transformó su estructura social incorporando a millones de mujeres y de negros al trabajo industrial; la que creó las bases de lo que Eisenhower denominó el complejo militar industrial; y la que convirtió a este país en una potencia mundial. La guerra también tuvo efectos sobre sus ciudadanos. Millones de norteamericanos vieron el mundo por primera vez y sintieron que eran “libertadores”. En la guerra Estados Unidos no sólo desarrolló su poderío económico, militar y nuclear, sino que también acumuló un poder simbólico y estratégico a partir de proclamarse como defensor de la democracia y de la libertad. El efecto más importante de esto fue que logró erigir un consenso entre la población norteamericana que fue la base social efectiva y necesaria de la nueva potencia imperial y hegemónica del mundo capitalista. Pero este consenso generó también una serie de conflictos internos puesto que es lo que sentó las bases tanto para el movimiento por los derechos civiles de la década de 1950, como para las luchas contra la discriminación, o las del movimiento antibélico de la década de 1960. Si bien para muchos norteamericanos la Segunda Guerra fue el mejor momento de su historia también les reveló aspectos de su propia sociedad que, para muchos, eran el peor.

Pablo A. Pozzi
Historiador, docente titular de "Historia de Estados Unidos" -UBA

Notas.

1.Esto último generó bastante polémica en el gobierno puesto que la mayoría de las organizaciones de partisanos, sobre todo en Francia, Italia y Yugoslavia, estaban hegemonizadas por los respectivos partidos comunistas.

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