sábado, septiembre 02, 2017

Estados Unidos y Corea del Norte: guerra de nervios, por ahora



Mientras el huracán Harvey está devastando el sur de los Estados Unidos, otra tormenta perfecta se está formando a miles de kilómetros de distancia, en el noreste asiático.

Las tensiones alcanzaron punto de ebullición esta semana con el lanzamiento de un misil de mediano alcance por parte del régimen norcoreano que sobrevoló el territorio de Japón. La retórica inflamada de Trump, que prometió descargar “furia y fuego” como nunca se ha visto en la historia contra Corea del Norte, contraste con las escasas opciones realistas que tiene Washington para tratar de contener al régimen de Kim Jong-un. Pero el conflicto y sus riesgos van más allá del paralelo 38. A nadie se le escapa que la escalada norteamericana en la península coreana es un tiro por elevación contra China, aunque por ahora se trate de juegos de guerra y no de la guerra misma.
Desde que se inauguró la presidencia Trump las tensiones entre Estados Unidos y la República Democrática Popular de Corea, más conocida como Corea del Norte, han ido increscendo.
El líder norcoreano, Kim Jong-un había amenazado con lanzar a fines de agosto un ataque misilístico contra la isla de Guam, es decir, contra el territorio norteamericano más próximo. Se podría decir que llegado el momento cumplió en parte su promesa. El 29 de agosto lanzó un misil balístico de mediano alcance pero en lugar de ir hacia el sur, en dirección de Guam, rumbeó para el norte, sobrevoló la isla japonesa de Hokkaido, sede de ejercicios militares conjuntos de Estados Unidos y Japón hace apenas unos días, para estrellarse en el Océano Pacífico.
No es la primera vez que proyectiles lanzados desde Corea del Norte alcanzan el territorio de Japón, esto sucedió en 1998 y en 2009 pero en esa oportunidad no se consideraron armas, y el gobierno japonés había sido advertido con antelación.
El de 2017 entonces es un salto. Es el misil de mayor alcance hasta ahora en poder de Corea del Norte, considerado un escalón previo a la adquisición de misiles balísticos intercontinentales, que sí podría alcanzar territorio norteamericano.
La jugada de Kim consistió en mostrar la nueva capacidad militar adquirida y enviar su mensaje tanto a enemigos como a aliados reticentes (China), pero sin cruzar ninguna “línea roja” que le deje en un territorio sin retorno.
El desafío de Kim puso de relieve las divisiones de la Casa Blanca que surgen de dilemas irresolubles para Estados Unidos: no está dispuesto a admitir a Corea del Norte al club selecto de países con armamento nuclear y tampoco a arriesgarse a una guerra para evitarlo. Mientras Trump amenazaba con “fuego y furia” por twitter, el secretario de defensa, Jim Mattis, aseguraba que la administración norteamericana nunca había considerado abandonar la opción diplomática. Lo propio hacía el secretario de Estado, R. Tillerson. El presidente mismo oscila entre los golpes militares preventivos y el diálogo, presionando a China para que ponga en caja a su aliado díscolo.
Lo cierto es que más allá de las palabras encendidas, hasta ahora Estados Unidos respondió con más de lo mismo: en el frente diplomático, endureció las sanciones contra el régimen coreano impuestas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En el frente militar realizó con más espectacularidad que nunca los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, de los que participan miles de soldados. Este ritual anual es sin dudas un acto obsceno de exhibición de poderío militar y un recordatorio de que siguen estando en la mesa “todas las opciones”, aunque por ahora nadie prefiera usarlas.
Pero que Estados Unidos y sus aliados intenten evitar una guerra que tendría un costo elevadísimo si fuera convencional e incalculable si fuera nuclear, sobre todo para Corea del Sur, no significa que la militarización de la península coreana y del noreste asiático no esté alcanzando un volumen suficiente como para disparar incluso un conflicto accidental.
Hace tiempo que Japón decidió dejar atrás el pacifismo asumido tras su derrota en la segunda guerra mundial. El primer ministro japonés Shinzo Abe está utilizando el clima de pánico creado para avanzar con su política de incrementar la capacidad militar defensiva de su país, de hecho ya ha estado presionando para que Estados Unidos refuerce sus sistemas de misiles. Probablemente, también busque justificaciones para sus planes de expansión militar ofensiva.
Moon Jae-in, el presidente liberal de Corea del Sur ganó las elecciones en mayo prometiendo retornar a alguna política de negociación con su vecino del norte. Además, uno de los ejes de su campaña fue oponerse a la instalación de la batería antimisiles norteamericana (Thaad por sus siglas en inglés) que con un objetivo defensivo de interceptar misiles disparados desde el norte del paralelo 38 apenas disimula el propósito inconfesable de tener a China dentro de su alcance.
Sin embargo, Moon abandonó lo esencial de estas promesas políticas que antagonizaba en parte con las pretensiones norteamericanas. Una vez más asumió el “realismo” de subordinarse a su aliado mayor. Su único límite parece ser evitar acciones unilaterales de Estados Unidos.
China está tratando de hacer malabarismos. Su política es desescalar, es decir, que todos retrocedan como por arte de magia. Lo que menos le conviene es que Kim le dé excusas a sus enemigos para incrementar su presencia militar. Pero el líder norcoreano ha demostrado ser un aliado incómodo dispuesto a morder la mano de quien le da de comer. Y no hay nada que Beijing pueda hacer para disciplinarlo más de lo que ya ha hecho, sin arriesgar con desatar una crisis de dimensiones en su propia frontera. Además, por supuesto, que tiene un interés especial en preservar a Corea del Norte que con sus contradicciones sigue actuando de tapón frente a política agresivas de Estados Unidos y sus aliados.
Este complejo juego de intereses configura un tablero geopolítico y militar inestable.
¿Y Corea del Norte? Sin dudas, Kim Jon-un encabeza un régimen dictatorial repudiable. Pero considerar que se trata de un dictador loco y caprichoso, un provocador, como hace la mayoría de los analistas de los medios corporativos, es un ejercicio de pereza intelectual. Eso no significa, ni justificar las acciones, ni dar por hecho que no se toman decisiones equivocadas que pueden tener un alto costo. Los ejemplos más recientes sin dudas son las dos guerras –de Irak y Afganistán- esta última la más prolongada en la historia norteamericana.
Su aparente irracionalidad surge de tratar de mantenerse sin ser comido por sus vecinos, Corea del Sur y China, ni barrido por Estados Unidos como sucedió con otros regímenes como el de Saddam Hussein o Kadafi.
Kim podrá ser un psicópata pero en su locura hay un método. Como todo bonaparte, su poder surge de arbitrar entre las diversas fracciones militares y de la burocracia partidaria por medio de un sistema de purgas y recompensas. Según algunos informes, se calcula que ha ejecutado a 140 militares, entre ellos a su tío, además de haber ordenado el asesinato en Malasia de su medio hermano, Kim Jong-am, que mantenía muy buenas relaciones con China.
La combinación de desarrollo de armamento nuclear más reformas económicas, anunciadas por Kim en el congreso del Partido de Trabajadores del año pasado (dicho sea de paso fue el primero en 30 años) le ha permitido desarrollar una base en la incipiente clase media formada fundamentalmente por los funcionarios del régimen.
Por lo tanto, el programa nuclear forma parte esencial de la ecuación de poder y de los recursos de Corea del Norte para sobrevivir. Eso lo transforma en un aspecto prácticamente innegociable –solo estuvo aparentemente en discusión durante un breve interregno, entre 1994 y 2000, coincidiendo con una política dialoguista de la administración Clinton y la peor hambruna que pasó el país.
Como describe muy bien el historiador Bruce Cumings en una nota reciente, la política de Estados Unidos ha sido históricamente de agresión: no reconocimiento en 1948, sanciones económicas desde 1950, guerra de las dos Coreas entre 1951-53, que técnicamente sigue, suspendida por un armisticio de 1957.
Esta agresión imperial, que sobre el hombro de Corea del Norte, apunta también contra China, no es abstracta. Haciendo un breve repaso, Estados Unidos tiene unos 40.000 soldados en Japón, estacionados en 112 bases, mayormente en la Isla de Okinawa; además del cuartel general de la Séptima flota que incluye portaviones, submarinos nucleares, defensas antiaéreas y misiles. Otros 35.000 soldados en Corea del Sur, además de tanques y el sistema Thaad; la isla de Guam que es prácticamente una base militar; la sede del Comando del Pacífico en Hawai y una presencia militar discreta en Filipinas, Singapur y Tailandia.
El pivote hacia el Asia Pacífico empezó bajo la presidencia de Obama. La diferencia es que con Trump en la Casa Blanca se ha incrementado el militarismo como estrategia para contrarrestar la decadencia hegemónica de Estados Unidos y con él el riesgo de una guerra que en principio nadie quiere.

Claudia Cinatti

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